Pierre Bourdieu, uno de los sociólogos más influyentes del siglo XX, analizó cómo las desigualdades sociales no se sostienen solo en la economía, sino también en formas simbólicas y culturales que refuerzan jerarquías y posiciones sociales. Para ello desarrolló el concepto de capitales: recursos que los individuos acumulan y que pueden convertirse en poder dentro de un campo social determinado.
Tipo de capital
¿En qué consiste?
Ejemplo
Económico
Recursos materiales y financieros
Dinero, propiedades, ingresos, patrimonio
Cultural
Conocimientos, habilidades, educación y objetos culturales; en formas corporizada, objetivada e institucionalizada
Es el más evidente: recursos materiales y financieros (dinero, propiedades, bienes).
→ Ejemplo: una familia con gran poder adquisitivo puede pagar colegios privados, viajes al extranjero o tratamientos médicos exclusivos.
→ Ejercicio de poder: quienes poseen más capital económico influyen en el acceso de sus hijos a mejores oportunidades educativas y laborales.
2. Capital cultural
Incluye conocimientos, títulos académicos, competencias lingüísticas, hábitos de consumo cultural y la capacidad de "saber moverse" en ciertos contextos.
→ Ejemplo: «Me ayuda mucho saber dibujar… porque algunas personas vienen… y tienen una idea muy concreta en mente y la diseñamos juntas».
→ Ejercicio de poder: el capital cultural legitima a ciertas personas como “cultas” y a otras como “ignorantes”, generando jerarquías simbólicas.
3. Capital social
Se refiere a las redes de relaciones y contactos que facilitan el acceso a oportunidades.
→ Ejemplo: conseguir un trabajo bien remunerado gracias a la recomendación de un conocido influyente o si tengo algún problema técnico, sé que puedo llamar a mi antiguo tutor para pedirle consejo.
→ Ejercicio de poder: quienes tienen amplias redes pueden obtener ventajas sin necesidad de poseer gran capital económico.
4. Capital simbólico
Es el reconocimiento, prestigio y legitimidad que se otorga a un individuo. Funciona como una “aura” de autoridad.
→ Ejemplo: un profesor universitario reconocido tiene capital simbólico que le permite influir en debates sociales, aunque no sea millonario.
→ Ejercicio de poder: el prestigio da capacidad de imponer definiciones de lo que se considera válido, verdadero o respetable.
Ejercicio del poder según Bourdieu
El poder, para Bourdieu, no se ejerce solo de manera explícita (como una orden o coacción), sino también de forma simbólica y sutil. Esto ocurre cuando las jerarquías parecen “naturales” o “justas”, aunque en realidad responden a desigualdades en la distribución de capitales.
Ejemplo
En una entrevista de trabajo, dos candidatos con igual formación académica no son evaluados igual. El que domina un código cultural cercano al del entrevistador (forma de hablar, gustos, modales) tiene ventaja, aunque esto no se note de forma explícita.
Aquí el poder se ejerce a través del capital cultural y simbólico, no únicamente del económico.
Conclusión
Los cuatro capitales de Bourdieu —económico, cultural, social y simbólico— son recursos acumulables, convertibles y desigualmente distribuidos que estructuran las posiciones de las personas en la sociedad. Entender cómo se combinan y se transforman permite analizar con más precisión el poder, la desigualdad y las oportunidades de movilidad social.
Vivimos en una época en la que muchas personas sienten que tienen que hacerlo todo solas: rendir, producir, demostrar, competir… Como si cada día fuese una carrera. Y no una carrera cualquiera, sino una en la que corremos contra nosotros mismos.
El filósofo Byung-Chul Han, uno de los pensadores más influyentes sobre la sociedad actual, explica que vivimos en lo que él llama la “sociedad del cansancio”. En ella, no necesitamos que nadie nos obligue desde fuera; somos nosotros quienes nos presionamos, nos exigimos y nos empujamos al límite, convirtiéndonos en nuestros propios jefes y verdugos.
Según Han, hoy ya no vivimos bajo prohibiciones, sino bajo el mandato invisible del “sí puedes”, que nos conduce a medirnos constantemente con los demás y a aislarnos. Ese aislamiento es la raíz del individualismo actual.
Un caso real y muy cotidiano
Un ejemplo claro lo vemos en las redes sociales y la cultura del rendimiento. Cada día, millones de personas sienten que deben mostrar una vida perfecta en Instagram o TikTok: el cuerpo perfecto, la casa perfecta, el trabajo perfecto. Esta comparación constante genera frustración, agotamiento y una sensación de que siempre se llega tarde a todo.
Este filósofo explica que esta autoexigencia y competencia permanente nos convierte en “sujetos de rendimiento” que se comparan y compiten sin descanso, generando ansiedad, depresión y cansancio extremo. En vez de unirnos, esta dinámica nos separa más.
Y aunque parezca algo simple, este tipo de individualismo afecta a millones de personas hoy en día en ciudades, barrios y trabajos de todo el mundo.
Romper la dicotomía del yo:
Pasar del “yo” al “nosotros”
Salir del individualismo no significa dejar de ser uno mismo. Significa recuperar el sentido de pertenecer a algo más grande: una comunidad, un barrio, una red de relaciones que nos sostienen y a las que también sostenemos.
Significa aceptar que no tenemos que poder con todo. Que pedir ayuda es humano. Que compartir cargas y alegrías nos vuelve más fuertes.
Es clave recordar lo más simple: somos historias que necesitan encontrarse.
La cultura de estar juntos
La fraternidad no es una palabra antigua ni cursi. Es una cultura de vida basada en algo muy básico: cuidarnos los unos a los otros.
Es la vecina que te trae comida cuando estás enfermo. Es el amigo que te escucha sin mirar el reloj. Es la familia —elegida o de sangre— que te recuerda que no estás solo.
Y sí: es también la comunidad que entiende que la felicidad no se construye desde la competencia, sino desde la cooperación.
Han señala que la sociedad digital y del rendimiento nos ha robado el contacto humano, la calma y el tiempo para estar con otros. Por eso recuperar la fraternidad es una forma de resistencia.
Los riesgos de seguir en el “yo” extremo
Si seguimos alimentando el individualismo, los riesgos son reales:
Cuando una persona se acostumbra a vivir solo desde el “yo”, la vida empieza a cerrarse poco a poco. La soledad aparece incluso cuando estamos rodeados de gente, porque dejamos de sentirnos conectados. La presión por competir y demostrar constantemente se convierte en un peso diario que alimenta la ansiedad y, con el tiempo, puede desembocar en depresión. Al ver a los demás como rivales y no como compañeros, crece la desconfianza y las relaciones se vuelven más tensas y superficiales.
En los barrios y comunidades, esta forma de vivir fragmenta la convivencia: cada cual se encierra en su mundo y desaparecen los gestos sencillos que construían cercanía. Y cuando el “yo” ocupa demasiado, la empatía se debilita; dejamos de mirar el dolor del otro porque estamos atrapados en nuestras propias batallas.
En pocas palabras, el individualismo extremo nos aísla, nos cansa y nos vuelve menos humanos. Recuperar el “nosotros” no es solo una idea bonita: es una necesidad para vivir mejor, con más apoyo, más calma y más sentido.
¿Y cómo empezamos a salir del individualismo?
A veces el cambio empieza con algo sencillo. Como le ocurrió a María, que siempre intentaba poder con todo hasta que un día, al romperse sus bolsas de la compra en plena calle, una vecina se acercó a ayudarla sin decir nada especial, solo: “No pasa nada, a todos nos pasa.”Ese gesto, pequeño, empático, le hizo sentir que hay otra lógica rompió por completo la rutina en su propio “yo”.
María, entendió que salir del individualismo empieza por pasos muy simples:
Aceptar ayuda sin sentir vergüenza, dejando que pueda entrar otro.
Volver a mirar a los ojos, no solo a las pantallas.
Compartir lo cotidiano como un saludo, una conversación, un momento.
Pedir apoyo cuando lo necesitas y ofrecerlo cuando puedes.
Un gesto concreto de empatía puede cambiar el peso con lo que venimos cargando.
Esta situación nos abre un poco la puerta al “nosotros”, y basta solo con mirar un poco alrededor.
Y España en relación al individualismo ¿cómo está en comparación a otros países? →Mira el informe
Hay gestos sencillos que tienen un valor enorme. A veces basta una mesa compartida, un plato caliente y el deseo de ayudar para que nazca algo grande. Así sucede cada año en Bilbao con la alubiada solidaria organizada por la comunidad local del Movimiento de los Focolares, que en 2026 celebró su undécima edición.
La cita tuvo lugar en los locales de la Basílica de Begoña, donde muchas personas se reunieron alrededor de un plato de alubias, pero sobre todo alrededor de una causa común: sostener proyectos que buscan mejorar la vida de quienes más lo necesitan. La comida fue solo el comienzo de una jornada de encuentro, música, testimonios y amistad.
Detrás de cada cucharada había una historia. En esta ocasión, la recaudación se destina al proyecto “El agua, fuente de vida y desarrollo”, impulsado por la Fundación Igino Giordani. Su objetivo es garantizar acceso a agua potable y saneamiento básico en los municipios de Mugina y Rugombo, en la provincia de Cibitoke, en Burundi.
El agua, algo tan cotidiano para muchos de nosotros, allí significa salud, dignidad y futuro. Tener un pozo cercano evita largas caminatas, mejora la higiene y abre oportunidades para el desarrollo de comunidades enteras.
La alubiada solidaria es mucho más que una comida popular. Es un pequeño signo de fraternidad que conecta a personas de lugares muy distintos. Desde Bilbao, una comunidad se reúne alrededor de una mesa; al mismo tiempo, en otros rincones del mundo, alguien recibe agua, comida o refugio gracias a esa generosidad.
Quizá ahí está la belleza de iniciativas como esta: recordar que los gestos cotidianos —compartir, cocinar, encontrarse— pueden convertirse en semillas de esperanza. Porque cuando la solidaridad se sienta a la mesa, el mundo se vuelve un poco más fraterno.
Se acerca el día internacional de la Mujer y he estado pensando a quién podría nominar. Me venían a la memoria varios nombres: Mª Luisa, Mercedes, Carmela, Salud, Toñi… Empecé a buscar por internet información para, además de lo que yo pueda decir de ellas, dar una visión más amplia. Pero, voilà, de ninguna de las que preguntaba sabía internet nada. Entonces, la decisión de escribir sobre alguna de ellas se cambió por completo: hablaría de las mujeres anónimas que han dejado huella, pero tan silenciosa que Internet no las reconoce.
Entonces, ¿qué quiero contar? Empezaré por responder: ¿por qué ellas?
Cada una de ellas han sido importante en mi vida, pero también en el entorno en el que vivieron: madres de familia; supieron conciliar la familia supernumerosa (alguna hasta los 10 hijos) con el trabajo fuera de casa en años en los que no había ayuda para eso; capaces de trasladarse con muchos hijos por distintas ciudades siguiendo el itinerario para encontrar trabajo; capaces de hacer de un pequeño sueldo maravillas; cuidar de padres enfermos…
El denominador común de ellas, las anónimas para Internet, es que su comienzo fue reconocerse como mujeres. Parece obvio, ¿no? Pero saber que eres mujer implica tener dentro el deseo de la creación, de engendrar vida. No importaba si al ir con tantos hijos le podrían mirar “raro”, al contrario, se sentían orgullosas de poder disfrutar de una gran familia. Alguna de las que he nombrado no ha sido madre, pero quien la conocía podía encontrar en ella la acogida y el cariño que estaba dispuesta a dar al que la necesitaba.
Todas ellas encontraron obstáculos en su vida, distintos, variados, pero los obstáculos no fueron impedimento para desarrollar sus capacidades.
María Luisa, matrona, desarrolla ¿la preparación al parto? ¡Pero si es algo milenario que las mujeres hacen! Pero aquí llega el cambio, dar unas explicaciones, unas nociones sobre el embarazo y puerperio, basándose en conocimientos médico y científicos que ayudan a mejorar el parto, los ejercicios, respiraciones. ¡Cuántas madres agradecemos estas preparaciones que nos han ayudado en el parto natural! Buscar apoyo, un lugar donde desarrollar estos cursos, financiación, y ¡tiempo! Recuerdo como veía a esta matrona ir con su Ford fiesta negro saliendo de la consulta para recoger a sus nietos. Conciliaba su vida, la de su hija, sus nietos y el trabajo. Llegó a cumplir más de 90 años.
Tampoco fue fácil para Mercedes ir a Marruecos, crear la familia, y volver a España con los cinco hijos. El idioma aprendido y el que se habla en casa, no es el mismo. O como Salud, ser andaluza y marchar a Cataluña con diez hijos. Era gracioso oírle hablar con el seseo andaluz regentando un pequeño comercio en aquella Tarragona de los años 60. Nunca dejo su acento cordobés…También cumplieron ellas más de 90 años.
Carmela murió más joven, el Alzheimer truncó su edad dorada, pero incluso en la enfermedad, era capaz de abrazarte como nadie, y sus besos te derretían por dentro. Ella no tuvo que conciliar el trabajo fuera de casa, pero estaba siempre ahí, no solo para sus 6 hijos, sino también para escuchar a las vecinas, para atender a los necesitados. Guardaba un plato de comida y “alguien necesitado” lo recogía al atardecer. Las reuniones en el colegio, en la parroquia, con otras mujeres; su vida era compartir y nunca se encerró en casa.
Todas ellas lograron crear una familia, e incidir también en la sociedad.
Pero también se puede crear otro tipo de familia: la que une a personas con un mismo interés. Y más si ese interés es buscar el reconocimiento y atención para las personas enfermas. Toñi no paró hasta fundar una asociación. Buscar financiación, dar visibilidad a la enfermedad e incluso llegar a tener un centro de día para estas personas afectadas. Dicho así en cuatro párrafos suena bien, pero detrás hay años de trabajo de superación de mil obstáculos, incomprensiones, puertas cerradas. Pero nada la detuvo a para conseguir El Centro de Día 'La Estrella', un referente en el servicio asistencial y terapéutico para los mayores en Jaén.
Hoy, estos ejemplos de mujeres nos enseñan a vivir compartiendo con generosidad entre hermanos. Una imagen de estos momentos la merienda, la barra de pan y la tableta de chocolate parecían infinitas a repartir entre tantos. Y todos contentos.
Puede que en las redes no encontréis sus nombres, pero si preguntáis por ellas en sus entornos, sus barrios, todavía habrá gente que os cuente la huella que han dejado en ellos
El mundo no cambia solo, se cambia con personas anónimas que lo enriquecen.
¡Gracias Maria Jesús Aranda Pérez! Por sumarte al reto de hacer visible a mujeres invisibles
El pasado 21 de febrero de 2026, la Casa de la Cultura Urigain de Andoain (Gipuzkoa) acogió la ponencia de Sebastián Mora Rosado bajo el título “La cohesión social en tiempos de incertidumbre”. En un contexto marcado por la polarización política, la desigualdad creciente y la fragilidad institucional, Mora ofreció una reflexión de gran densidad intelectual y hondura ética sobre el estado de nuestras democracias y el futuro del vínculo social.
El acto, promovido desde una sensibilidad claramente comprometida con la revitalización del espacio público, se convirtió en una interpelación directa a la conciencia cívica y cristiana de nuestro tiempo.
Vivimos en la era de la incertidumbre radical
“No sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa”, recordaba Mora evocando a José Ortega y Gasset. La tesis de partida es clara: nuestra época está atravesada por una incertidumbre estructural que no es coyuntural ni episódica, sino existencial.
En los últimos años, lo impensable se ha vuelto cotidiano. Desde la pandemia global hasta el retorno de liderazgos disruptivos como el de Donald Trump, pasando por el Brexit o las crisis climáticas extremas, el orden previsible de la historia reciente se ha resquebrajado.
Esta incertidumbre no es solo económica o geopolítica. Es antropológica. Afecta al modo en que los jóvenes perciben el futuro: ya no como promesa, sino como condena. Cuando una generación siente que no tiene horizonte, la cohesión social entra en zona de riesgo.
¿Qué entendemos por cohesión social?
Uno de los aportes centrales de la conferencia fue la clarificación conceptual. La cohesión social no significa lo mismo para todos.
Mora distinguió dos grandes matrices:
1. La cohesión descriptiva (durkheimiana)
Inspirada en la tradición de Émile Durkheim, entiende la cohesión como estabilidad, homogeneidad y mantenimiento del orden social. Aquí la pregunta no es si la sociedad es justa, sino si permanece unida.
Este modelo puede derivar en políticas identitarias excluyentes: “¿Eres de los nuestros?”. Bajo esta lógica, la migración o la pluralidad cultural son vistas como amenazas al equilibrio social.
El riesgo es evidente: se puede lograr cohesión sin justicia.
2. La cohesión normativa
Desarrollada en la sociología francesa de los años 70 y asumida por la Unión Europea, vincula cohesión con igualdad e inclusión. No basta con que la sociedad esté unida: debe estarlo de forma justa.
Aquí la pregunta clave es: ¿Es legítima la forma en que estamos unidos?
La experiencia histórica española ofrece un ejemplo contundente: el franquismo fue descriptivamente cohesionado, pero normativamente injusto.
Desigualdad: el gran obstáculo estructural
Uno de los puntos más contundentes de la ponencia fue la afirmación de que no puede existir cohesión social con niveles elevados de desigualdad estructural.
Los datos son elocuentes:
El 10% más rico concentra cerca del 75% de la riqueza mundial.
En España, la exclusión social afecta a casi una quinta parte de la población.
Los jóvenes presentan tasas de exclusión severa muy superiores a los mayores.
La desigualdad no es mera diferencia. Es injusticia estructural. Como relató Mora a partir de su experiencia en El Salvador: “A la pobreza uno se acostumbra; lo que indigna es la desigualdad”.
Cuando el hijo de una familia no accede a educación o sanidad mientras observa el despilfarro cercano, la fractura del vínculo social es inevitable.
Polarización y resentimiento: del reconocimiento al odio
El segundo gran desafío es la polarización. No solo política, sino afectiva. Estudios recientes muestran que disminuye la adhesión a los propios partidos, pero aumenta el rechazo visceral al adversario.
La identidad política ya no se construye por afirmación, sino por oposición.
En este contexto, las tesis de Francis Fukuyama sobre el paso del reconocimiento al resentimiento cobran especial relevancia: hemos pasado de querer ser reconocidos a definirnos por aquello que odiamos.
El resultado es una democracia erosionada, en línea con las advertencias de Steven Levitsky sobre la fragilidad contemporánea de los sistemas democráticos.
Gramática de la crueldad y banalidad del mal
Quizá uno de los momentos más inquietantes de la intervención fue la denuncia de lo que Mora denominó una “gramática de la crueldad”.
La indignidad ya no escandaliza. Se legitima.
La referencia a Hannah Arendt y su concepto de banalidad del mal resulta especialmente actual: el problema no es solo la maldad activa, sino la normalización social del sufrimiento ajeno.
En palabras del Papa Francisco en Fratelli tutti, vivimos bajo la “cultura de la indiferencia”. El drama migratorio, las guerras televisadas o la exclusión estructural corren el riesgo de convertirse en paisaje habitual.
Crisis institucional y populismo
La desafección política es otro síntoma alarmante. Más del 50% de los ciudadanos considera la vida política “dura e insoportable”. El lema “solo el pueblo salva al pueblo” expresa una intuición solidaria, pero también un peligro populista si se desvincula de la arquitectura institucional.
La cohesión social requiere legitimidad institucional y resultados efectivos (policies). Sin confianza en la política —entendida como búsqueda del bien común— el vínculo colectivo se erosiona.
Soledad, fragmentación y mundo digital
La cohesión también se fractura en el plano relacional. Uno de cada cuatro jóvenes declara sentirse solo. Vivimos hiperconectados, pero desvinculados.
La fragmentación digital genera cámaras de eco, polarización emocional y pérdida de rituales compartidos, como ha señalado Byung-Chul Han. Sin ritos comunes, sin capital simbólico compartido, la sociedad pierde densidad.
Cinco claves para reconstruir la cohesión
Sebastián Mora cerró su intervención proponiendo cinco ejes estratégicos:
Reafirmar la dignidad humana como imperativo categórico irrenunciable.
Repensar lo humano ante los desafíos tecnológicos y biopolíticos.
Rearmar la política institucional en clave de bien común.
Transformar la economía, abordando la desigualdad estructural.
Reconstruir las interdependencias, colocando los cuidados en el centro.
En coherencia con la Doctrina Social, recordó que la “caridad política” es una de las formas más altas del compromiso cristiano.
¿Es posible otro horizonte?
La pregunta final no fue ingenua: ¿Puede reconstruirse la cohesión social en tiempos de incertidumbre?
La respuesta no fue optimista ni pesimista, sino responsable. No habrá cohesión sin justicia. No habrá justicia sin política. No habrá política sin pueblo. Pero tampoco habrá pueblo sin instituciones legítimas.
En una época que enaltece lo privado y relativiza lo común, el verdadero desafío es rehabilitar lo público como espacio ético compartido.
Desde Andoain, la reflexión de Sebastián Mora dejó claro que la cohesión social no es un eslogan, sino una tarea histórica urgente.
Y, como recordó el propio ponente, nada de lo dicho es dogma. Es invitación al debate. Porque pensar juntos, quizá, sea el primer paso para volver a estar juntos.
[*] Palabra clave:
La cohesión social refiere al grado de integración de la ciudadanía a su comunidad.
Cuanto más unida, solidaria y cohesionada esté esa sociedad, la convivencia entre sus miembros será mucho más armónica y la democracia funcionará mejor.