El círculo que nos une también puede encerrarnos

¿Y si el problema no es el otro, sino lo pequeño que es nuestro círculo?

por Lorena Baudry | Sep 24, 2026

cómo influye el grupo en la manera de pensar

Hay algo profundamente humano en querer pertenecer.

Buscamos personas con las que compartir una forma de entender el mundo, espacios donde sentirnos cómodos, conversaciones en las que no tengamos que explicar constantemente quiénes somos. Nuestra familia, nuestros amigos, el trabajo, el barrio, las redes sociales… Todos forman parte de nuestros círculos.

Y esos círculos nos hacen bien.

Nos sostienen, nos dan identidad y nos permiten sentir que formamos parte de algo.

Pero, ¿qué ocurre cuando el círculo que nos ayuda a conectar empieza también a determinar lo que somos capaces de ver?

Cuando el círculo se convierte en una ventana

Hace poco, una conversación cotidiana me hizo pensar en esto.

Estaba con unas amigas hablando sobre una realidad social que habíamos visto repetidamente en redes. Todas teníamos una opinión bastante parecida. Hablábamos con seguridad, utilizábamos las mismas expresiones y dábamos por supuesto que entendíamos perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Hasta que una de ellas preguntó:

—¿Pero alguna de vosotras conoce realmente a alguien que esté viviendo esta situación?

Si nos quedamos en silencio. No conocíamos a nadie.

Habíamos estado hablando durante un buen rato sobre personas que no formaban parte de nuestra vida.

Y, sin embargo, creíamos saber cómo eran, qué pensaban y por qué actuaban de determinada manera.

Días después, una conversación con una persona que sí vivía aquella realidad cambió algo.

No fue una conversación extraordinaria. Hablamos de su trabajo, de su familia, de sus preocupaciones, de cosas completamente cotidianas.

Pero al volver a casa apareció una pregunta incómoda:

¿Cuántas veces construimos una opinión sobre una persona antes de haber tenido la oportunidad de conocerla?

Quizá el problema no estaba en tener una opinión.

Dentro del círculo todo parece más evidente

Todos construimos círculos. Y dentro de ellos compartimos códigos, experiencias, preocupaciones y formas de interpretar lo que sucede.

El problema aparece cuando esos círculos se vuelven demasiado homogéneos. En otras palabras seguimos a personas que piensan parecido. Además nos informamos a través de contenidos que confirman nuestras ideas. Y a la vez conversamos principalmente con quienes comparten nuestras referencias. Y poco a poco, aquello que está fuera empieza a parecernos extraño. Hasta el punto que no necesitamos que nadie nos diga qué pensar y el propio grupo se converte en un filtro.

Así, una persona migrante puede convertirse en “un inmigrante”. Una persona que vive en la calle, en “una persona sin hogar”. Un joven que no encuentra oportunidades, en “los jóvenes”. Una familia que atraviesa dificultades, en “una familia vulnerable”.

Entonces sucede que la categoría ocupa el lugar de la persona. Y cuando eso sucede, podemos hablar sobre otros durante mucho tiempo sin llegar a relacionarnos con ellos.

España también necesita abrir sus círculos

En una sociedad tan heterogénea como la española, esta cuestión tiene una dimensión especialmente importante. Compartimos espacios con personas de diferentes edades, procedencias, situaciones económicas, culturas y formas de entender la vida. Sin embargo, vivir en la misma sociedad no significa necesariamente encontrarnos. Aún si vivimos en la misma ciudad podemos estar en mundos completamente separados.

Por eso la cohesión social no depende únicamente de tener espacios comunes más bien de relaciones capaces de atravesar las fronteras invisibles que vamos construyendo. Asimismo una sociedad fragmentada no siempre está formada por personas enfrentadas.

A veces está formada por personas que simplemente no se encuentran.

La solución no es romper el círculo

Necesitamos nuestros círculos que nos dan identidad y pertenencia. El reto está en que ese espacio de seguridad no se convierta en un límite para nuestra mirada.

La solución es aprender a abrirlo: acercarnos a experiencias distintas, compartir espacios con personas con las que normalmente no coincidiríamos y conocer realidades que quizá solo hemos visto a través de las redes o las noticias.

Sin embargo abrir el círculo implica algo más que ofrecer nuestro tiempo, nuestros conocimientos o nuestra ayuda. Implica estar dispuestos a recibir. A escuchar una historia que nos incomoda, descubrir algo que desconocíamos o cuestionar una certeza.

Ahí es entonces donde aparece la fraternidad: en la capacidad de ampliar nuestro “nosotros” sin exigir que el otro deje de ser quien es.

No va de pensar igual, sino de encontrarnos sin convertir las diferencias en barreras.

Y cuando nos acercamos a la historia del otro, el círculo cambia de tamaño y también nuestra forma de mirar.

¿Quién está fuera de nuestro círculo?

Un movimiento simple sería traerlo hacia nuestro círculo en cambio uno revolucionario sería salir.

0 Comentarios

Enviar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro Boletín

Nombre

Apellidos

Correo

 Proyectos 

Secret Link