En 2026, la inquietud por la desinformación llegó al 62% en promedio entre los encuestados del Digital News Report.
A partir de aquí, profundizaremos en el análisis del profesor Alfredo Ramírez Nárdiz donde vincula el crecimiento de la estupidez con la progresiva sustitución de la cultura escrita por una cultura dominada por la imagen, apoyándose en las tesis del politólogo italiano Giovanni Sartori expuestas en Homo Videns. Según el autor, esta transformación favorece el desarrollo de una sociedad cada vez más emocional y menos racional. Dos décadas después de la irrupción de las redes sociales, resulta difícil rebatir este diagnóstico.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil renunciar al pensamiento crítico. Las plataformas digitales recompensan la reacción inmediata antes que la reflexión, el enfado antes que la comprensión y la certeza antes que la duda.
Sin embargo, una democracia necesita justamente lo contrario: ciudadanos capaces de detenerse unos minutos antes de pulsar el botón de compartir, personas que prefieran comprender antes que imponerse y espacios para el diálogo en lugar de trincheras.
¿Tiene remedio la estupidez política?
Ramírez Nárdiz juega con el lector en su libro y adelanta una respuesta provocadora a esta pregunta: «Spoiler: no». Es una afirmación que obliga a reflexionar. Si la estupidez forma parte de la condición humana, quizá nunca desaparezca del todo.
Sin embargo, aceptar que siempre existirá no significa resignarse a convivir con ella sin hacer nada. La democracia tampoco elimina el conflicto, la desigualdad o el egoísmo, pero crea instituciones y hábitos que limitan sus efectos. Con la estupidez política ocurre algo parecido: quizá no podamos erradicarla, pero sí podemos impedir que se convierta en la fuerza dominante de la vida pública.
El problema comienza cuando dejamos de escuchar, cuando renunciamos a contrastar nuestras ideas y cuando preferimos la comodidad de la consigna al esfuerzo de comprender la realidad.
La respuesta, por tanto, no pasa únicamente por exigir mejores dirigentes. También requiere mejores ciudadanos. Porque las instituciones son, en buena medida, el reflejo de la cultura cívica que las sostiene.
Primer nivel: una revolución personal
Toda transformación social empieza por una decisión individual. En una época marcada por la velocidad, el primer acto de resistencia consiste en recuperar el tiempo para pensar. Leer antes de compartir. Verificar antes de opinar. Escuchar antes de responder. Preguntarnos con honestidad: «¿Y si estuviera equivocado?»
La humildad intelectual es una de las virtudes más revolucionarias de nuestro tiempo. No debilita nuestras convicciones; las hace más sólidas porque las obliga a dialogar con la realidad.
También necesitamos recuperar el valor de la conversación para comprender. Podemos afirmar que las mejores democracias son aquellas donde las personas distintas siguen siendo capaces de hablarse con respeto.
Segundo nivel: reconstruir comunidad
La estupidez política prospera cuando las personas viven aisladas y solo escuchan a quienes piensan como ellas. En cambio, pierde fuerza allí donde existen comunidades vivas capaces de generar confianza, encuentro y cooperación.
La familia, la escuela, las asociaciones, las parroquias, los movimientos eclesiales, los clubes deportivos o las organizaciones de voluntariado son mucho más que espacios de convivencia. Son auténticas escuelas de ciudadanía.
La Fundación Igino Giordani recuerda, desde los principios de cohesión social y pluralismo, que el bien común no nace de decretos ni de discursos, sino de relaciones humanas construidas sobre el reconocimiento del otro como un bien y nunca como un enemigo.
Por eso necesitamos crear más espacios donde el desacuerdo no rompa el diálogo, sino que la enriquezca. Donde las diferencias se conviertan en oportunidad de aprendizaje y no en motivo de exclusión. Una experiencia innovadora del Movimiento político por la unidad, en esta línea es la formación: Una Humanidad un planeta, donde jóvenes de diferentes contextos culturales, geopolíticos resuelven problemas complejos de manera conjunta.
Tercer nivel: instituciones que eduquen para la democracia
Las instituciones también tienen una responsabilidad ineludible. Es ir más allá de gestionar eficazmente los recursos públicos. Deben contribuir a formar ciudadanos capaces de participar de manera responsable en la vida democrática.
Eso implica fortalecer la educación cívica desde edades tempranas, promover el pensamiento crítico,garantizar una información rigurosa y favorecer una cultura políticadonde el acuerdo sea valorado tanto como la discrepancia.
La democracia necesita representantes competentes, y también ciudadanos exigentes. Necesita transparencia, sí, pero también responsabilidad compartida. Necesita leyes justas, aunque, sobre todo, necesita personas dispuestas a vivir conforme a ellas.
La calidad democrática será mejor y mayor dependiendo de la calidad humana de quienes la sostenga.
Una esperanza razonable
Sería ingenuo pensar que algún día desaparecerán la manipulación, el populismo o la estupidez política. Forman parte de las fragilidades de toda sociedad libre.
También sería un error olvidar que la historia está llena de hombres y mujeres que decidieron pensar por sí mismos, dialogar cuando otros gritaban y construir puentes cuando parecía más fácil levantar muros.
Dietrich Bonhoeffer lo hizo frente al totalitarismo. Alfredo Ramírez Nárdiz nos invita hoy a mirar la estupidez política sin miedo y a reconocerla como un fenómeno digno de estudio. Ambos coinciden, desde perspectivas distintas, en una misma advertencia: una sociedad deja de ser verdaderamente libre cuando deja de pensar.
La buena noticia es que pensar sigue siendo una decisión personal. Lo mismo que escuchar. También dialogar, reconocer un error, cambiar de opinión o tender la mano a quien piensa distinto continúan estando al alcance de cualquiera.
Quizá ese sea el mejor antídoto contra la estupidez política.
Y quizá ese sea hoy el mejor servicio que podemos prestar a la democracia: construir una cultura del encuentro, donde el pensamiento crítico, el respeto y el bien común recuperen el lugar que nunca debieron perder. Antes de compartir, conviene verificar; antes de reaccionar, escuchar; y, sobre todo, promover conversaciones más serenas, honestas y respetuosas.
La teoría de la estupidez política sostiene que el mayor riesgo para una democracia no es únicamente la corrupción, el populismo o el autoritarismo, sino la pérdida progresiva de la capacidad de pensar críticamente. Cuando ciudadanos e instituciones dejan de analizar la realidad con libertad y sustituyen el razonamiento por consignas, emociones o prejuicios, la calidad democrática se deteriora.
Una metáfora visual sobre la incapacidad de pensar de forma independiente. La imagen ilustra la llamada teoría de la estupidez política.
Esta idea fue formulada con enorme lucidez por Dietrich Bonhoeffer durante la Alemania nazi y, décadas después, desarrollada desde una perspectiva politológica por el profesor Alfredo Ramírez Nárdiz en Teoría General de la Estupidez Política. Su propuesta resulta especialmente provocadora porque rompe un tabú académico: considerar la estupidez como un factor objetivo capaz de explicar decisiones políticas e históricas.
Como afirma Ramírez Nárdiz, «la estupidez es un algo», una realidad que puede analizarse y que debe incorporarse al estudio de las decisiones humanas y, especialmente, de la política.
La pregunta ya no es si existen políticos estúpidos. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿cuántas veces contribuimos todos a la estupidez política?
La gran intuición de Bonhoeffer
Mientras permanecía encarcelado por el régimen nazi, Dietrich Bonhoeffer llegó a una conclusión sorprendente. El peligro más grande para una sociedad no era la maldad. Era la estupidez.
¿Por qué?
Porque frente a una persona malvada es posible defenderse. Sabemos reconocer el daño que causa. Sin embargo, quien actúa desde la estupidez suele creer sinceramente que está haciendo lo correcto. La persona estúpida no escucha.
No duda, No contrasta, No dialoga. Simplemente repite.
Bonhoeffer observó que la estupidez no depende del nivel intelectual. Personas extraordinariamente inteligentes podían actuar de forma profundamente estúpida cuando renunciaban a pensar por sí mismas y se entregaban completamente al grupo, al líder o a la propaganda.
Ochenta años después, esa reflexión continúa siendo extraordinariamente actual.
Alfredo Ramírez Nárdiz da un paso más
El profesor Alfredo Ramírez Nárdiz planteó una tesis aún más ambiciosa. La estupidez política no es únicamente una reflexión filosófica o moral. Es un fenómeno que merece estudiarse científicamente.
En la introducción de su obra denuncia que la historia suele explicar guerras, revoluciones o cambios políticos mediante factores económicos, militares o jurídicos, mientras ignora un elemento que está presente una y otra vez: la estupidez de quienes toman decisiones.
Su planteamiento resulta tan incómodo como lógico. Si aceptamos que la inteligencia de un líder puede cambiar el curso de la historia, ¿por qué nos cuesta tanto admitir que la estupidez también puede hacerlo?
La historia está llena de decisiones absurdas tomadas por personas convencidas de estar actuando correctamente. Y muchas de ellas tuvieron consecuencias devastadoras.
Un brillante laboratorio de estupidez política
Conviene decirlo desde el principio: la estupidez política carece de ideología. No tiene color, no entiende de derechas ni de izquierdas y es indiferente a si se ejerce desde el gobierno o desde la oposición. Quizá por eso sea una de las manifestaciones más igualitarias de la condición humana.
En nuestro país ha sido, durante las últimas décadas, un magnífico laboratorio para observar este fenómeno. Hemos convertido casi cualquier asunto en un enfrentamiento identitario. Hemos confundido la política con el fútbol. De allí que los adversarios pasaron a ser enemigos. Asimismo las dudas fueron interpretadas como traiciones. Y la complejidad quedó reducida a mensajes de dos líneas y la discusión pública comenzó a parecerse cada vez más a un concurso de eslóganes.
El premio ya no consistía en tener razón, sino conseguir más "me gusta".
El elogio de nuestra estupidez
Sí, quizá convenga dedicar unas líneas a elogiar nuestra estupidez. No porque sea una virtud, sino porque posee una cualidad casi milagrosa: es profundamente democrática.
No distingue entre ideologías, generaciones, profesiones ni territorios. No pregunta a quién votamos, cuánto hemos estudiado o cuántos idiomas hablamos. Nos visita a todos con la misma naturalidad y, cuando lo hace, nos convence de que el problema siempre está en el vecino.
Durante las últimas décadas, los españoles hemos demostrado una admirable capacidad para participar en este juego. Hemos compartido noticias que solo habíamos leído en el titular. Hemos opinado con absoluta seguridad sobre asuntos que apenas conocíamos. Hemos confundido la velocidad con la inteligencia, la indignación con el compromiso y el volumen de la voz con la solidez de los argumentos.
También hemos caído en una de las trampas favoritas de la estupidez: creer que solo afecta a los demás. Los estúpidos, pensamos, siempre votan al otro partido, leen el periódico equivocado, siguen al tertuliano equivocado o viven en la comunidad autónoma equivocada. Nosotros, naturalmente, somos la excepción.
Y ahí reside su auténtico poder.
La estupidez política tiene una extraordinaria habilidad para encontrar alojamiento en casa ajena mientras pasa inadvertida en la propia. Se instala cómodamente en nuestras certezas, se alimenta de nuestros prejuicios y nos susurra al oído que no necesitamos escuchar porque ya conocemos todas las respuestas.
Quizá por eso resulta tan peligrosa. No porque nos haga ignorantes, sino porque nos convence de que ya no tenemos nada que aprender.
Así se puede leer en el pie de una fotografía con algunos de mis hijos y nietos que vinieron a comer el pasado domingo. Una imagen sencilla que refleja algo mucho más profundo: el comienzo de un tiempo en el que la familia vuelve a encontrarse con más calma.
Inaugurada la temporada de piscina
Llegan las vacaciones, aunque con el calor que sufrimos desde mayo parece que el verano se ha adelantado. Las clases van terminando y el horario se vuelve más relajado, sin tantas prisas, aunque siempre es bueno mantener un cierto ritmo. El trabajo de los padres no suele coincidir con todas las vacaciones de los hijos y, por eso, los abuelos y los distintos campamentos se convierten en grandes aliados durante estas semanas.
Los pueblos comienzan a llenarse de pequeños que pasan unos días con sus abuelos. Llegan también más comidas familiares, más tiempo para convivir y compartir con los primos, que durante el curso apenas pueden verse. Buscar unos días de camping, de playa o participar en una escuela familiar internacional eran algunos de los planes que comentábamos durante nuestra comida familiar, en la que ya somos dieciocho.
—Abuela, ¿juegas conmigo? —me decía uno de mis nietos.
Yo estaba preparando la comida para todos y andaba muy atareada. Me dolía decirle que no era el momento. Pero enseguida llegaron los primos y comenzaron los juegos. Se prestaban los juguetes y, a veces, discutían por ver a quién le tocaba esto o aquello. Ese jolgorio, ese ir y venir de unos y otros, llenaba la casa de vida.
Pensándolo después, comprendí que esa es una de las mejores lecciones que ofrece la convivencia familiar: aprender a compartir, a esperar, a renunciar y a pensar también en los demás. Se pone en común todo lo que puede servir: un flotador, unas chanclas, las pistolas de agua o la piscina hinchable para los más pequeños. Cada uno aporta algo para compartir: un helado, una bebida, unas galletas o un refresco. Son pequeños gestos que educan sin necesidad de grandes discursos.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar que no todas las familias viven el verano de la misma manera. Hay quienes, por motivos económicos, laborales, de salud o por otras circunstancias personales, no pueden disfrutar de unas vacaciones o de unos días de descanso compartido. También muchas personas mayores viven estos meses en soledad, mientras otras familias afrontan situaciones especialmente difíciles.
Afortunadamente, son muchas las entidades sociales, fundaciones, asociaciones, parroquias y organizaciones de voluntariado que trabajan para que niños, jóvenes, personas mayores y familias puedan disfrutar de unos días de convivencia y descanso. Gracias a su labor, el verano también puede convertirse para muchos en un tiempo de esperanza, de encuentro y de nuevas oportunidades.
El calor del verano reúne a la familia para disfrutar de momentos que, con frecuencia, permanecen en la memoria durante años. Basta saber aprovecharlos. Es verdad que al final del día los abuelos terminamos muy cansados, pero el corazón se ensancha al ver crecer a hijos y nietos alrededor de encuentros, conversaciones y comidas compartidas.
Desde la Fundación Giordani queremos poner en valor estos espacios cotidianos donde se aprende a vivir con los demás. La familia continúa siendo la primera escuela de humanidad, el lugar donde se transmiten los valores de la generosidad, la responsabilidad, el respeto y el servicio. Y, al mismo tiempo, queremos recordar la importancia de mirar con solidaridad a quienes no pueden disfrutar de estas experiencias, apoyando todas aquellas iniciativas que hacen posible que nadie quede excluido del descanso, la convivencia y la alegría del encuentro.
Porque, en definitiva, cuidar a la familia, fortalecer los vínculos entre generaciones y promover una cultura de la solidaridad es contribuir a construir una sociedad más humana, más unida y más esperanzadora.
La integración de las personas migrantes comienza mucho antes de encontrar un empleo o conseguir la documentación necesaria. Empieza cuando alguien ofrece un lugar seguro donde vivir, sentirse acompañado y recuperar la esperanza.
Ese es el objetivo de la Casa de Acogida Chiara Luce, un proyecto impulsado por la Fundación Igino Giordani, que trabaja en Sevilla ofreciendo acompañamiento integral a jóvenes migrantes en situación de vulnerabilidad.
Cada historia demuestra que la acogida no consiste únicamente en proporcionar alojamiento, sino en construir relaciones, favorecer la autonomía y crear oportunidades reales de inclusión.
Un trasplante que representa una nueva oportunidad
Uno de los momentos más emocionantes de los últimos meses ha sido el trasplante recibido por Marouane.
Después de un largo proceso médico y gracias al acompañamiento constante de numerosas personas y entidades colaboradoras, especialmente Cáritas, el trasplante se realizó el 9 de mayo, suponiendo un cambio radical en su calidad de vida.
Su historia refleja el impacto que puede tener una red de apoyo cuando la solidaridad se convierte en compromiso.
Formación e integración laboral
La integración también requiere formación y oportunidades laborales.
En este sentido, Bamba ha finalizado con éxito su formación en Cruzcampo.
Actualmente:
Bamba comenzará sus prácticas en un restaurante.
Mamadou desarrolla prácticas de mantenimiento en colaboración con Cáritas.
Estos pasos representan mucho más que una experiencia profesional: significan autonomía, autoestima e inclusión dentro de la sociedad.
Integrar es caminar junto a la persona
David, coordinador del proyecto, explica que acompañar a estos jóvenes ha supuesto descubrir que la verdadera integración nace de la cercanía.
Escuchar, compartir el día a día y construir relaciones de confianza permiten romper prejuicios y generar una convivencia auténtica.
La experiencia confirma que la integración social no puede reducirse a programas administrativos; necesita también comunidad, presencia y vínculos humanos.
La misión de la Fundación Igino Giordani
La Fundación Igino Giordani impulsa proyectos centrados en:
acogida de personas migrantes
integración social
formación
acompañamiento personal
promoción de la dignidad humana
construcción de comunidades inclusivas
Su labor busca que cada persona pueda desarrollar un proyecto de vida estable y autónomo.
¿Cómo colaborar?
La sostenibilidad de la Casa de Acogida Chiara Luce depende de la colaboración de muchas personas.
Existen diferentes formas de participar:
realizar una donación
hacerse voluntario
colaborar como empresa
difundir el proyecto
apoyar campañas solidarias
Cada aportación ayuda a que más personas puedan acceder a un entorno seguro donde comenzar una nueva etapa.
Preguntas frecuentes
La Fundación Igino Giordani desarrolla proyectos sociales centrados en la acogida, integración y acompañamiento de personas migrantes y otras personas en situación de vulnerabilidad.
Es un recurso que ofrece alojamiento temporal, acompañamiento personal, apoyo social, formación y ayuda para facilitar la integración en la sociedad.
Se puede colaborar mediante donaciones económicas, voluntariado, difusión del proyecto o estableciendo alianzas con empresas e instituciones.
Porque facilita la autonomía, mejora la convivencia y permite que las personas desarrollen un proyecto de vida digno dentro de la comunidad.
Europa atraviesa una transformación profunda. Los desafíos vinculados al cambio climático, la polarización social, las migraciones, la salud mental y la pérdida de confianza en las instituciones han puesto de manifiesto una realidad fundamental: las sociedades no funcionan únicamente gracias a infraestructuras económicas o tecnológicas, sino a través de ecosistemas relacionales capaces de generar cooperación, sentido de pertenencia y resiliencia colectiva.
Una ciudad inteligente donde tecnología y sostenibilidad van de la mano. Infraestructuras conectadas, energías renovables y espacios comunitarios conviven en armonía.
En este contexto surge el concepto de ecosistema relacional, entendido como el conjunto de vínculos que conectan personas, instituciones, comunidades, organizaciones culturales y sistemas ecológicos. Estos ecosistemas permiten que la sociedad genere confianza, innovación social y capacidad de adaptación frente a los cambios.
La propia Unión Europea ha comenzado a trabajar con enfoques ecosistémicos en ámbitos culturales y creativos, reconociendo que la cultura, la participación ciudadana y la cooperación son elementos fundamentales para la cohesión social y el desarrollo sostenible.
La confianza como infraestructura invisible
Las instituciones no son únicamente organismos administrativos. Constituyen redes de relaciones, ecosistemas institucionales, que facilitan la cooperación entre ciudadanos, organizaciones y territorios.
El sociólogo alemán Niklas Luhmann defendió que la confianza reduce la complejidad social y permite que las personas colaboren en contextos inciertos. Desde esta perspectiva, una institución saludable es aquella que genera relaciones de confianza y participación.
En Europa, la Comisión Europea insiste en que los ecosistemas culturales y creativos desempeñan un papel esencial en la cohesión social, la identidad compartida y el fortalecimiento democrático.
Para las organizaciones sociales, esto implica que el impacto no depende únicamente de los recursos económicos disponibles, sino de la capacidad para crear redes de cooperación entre administraciones, ciudadanía, universidades y entidades del tercer sector.
Ecosistemas culturales
Espacio donde se construye el sentido colectivo
La cultura no debe entenderse únicamente como producción artística. Es también un espacio donde se generan narrativas compartidas, identidades y capacidades de diálogo.
El filósofo francés Edgar Morin ha defendido durante décadas la necesidad de comprender la sociedad como un sistema complejo de interdependencias. Para Morin, los problemas contemporáneos no pueden resolverse desde disciplinas aisladas, sino mediante enfoques que conecten cultura, educación, política y medio ambiente.
Más de ocho millones de personas trabajan en sectores culturales y creativos en Europa. Estos ecosistemas son estratégicos para el desarrollo económico y social, generando empleo, cohesión y participación ciudadana.
Los proyectos culturales comunitarios contribuyen además a:
fortalecer el capital social;
reducir la exclusión;
fomentar el diálogo intercultural;
crear espacios de encuentro entre generaciones;
aumentar la resiliencia territorial.
Ecosistemas ecológicos
Sostenibilidad ambiental a la sostenibilidad relacional
Durante mucho tiempo la ecología se centró principalmente en los ecosistemas naturales. Sin embargo, nuevas corrientes europeas proponen ampliar esta mirada para comprender las relaciones entre seres humanos y naturaleza.
Uno de los autores más relevantes, impulsor de la llamada "ecología relacional" es Andreas Weber. Él sostiene que la vida no se basa únicamente en la competencia, sino también en la cooperación, la interdependencia y la creación continua de relaciones significativas.
Desde esta perspectiva, un territorio sostenible no es solo aquel que protege recursos naturales, sino aquel que fortalece las relaciones entre comunidades, instituciones y entorno.
Esta visión está alineada con numerosas iniciativas europeas que promueven ecosistemas creativos y sostenibles capaces de integrar innovación, participación ciudadana y protección ambiental.
Hacia una cultura de la interdependencia
La principal enseñanza de los ecosistemas relacionales es que ningún actor puede resolver por sí solo los desafíos contemporáneos.
Instituciones, cultura y ciudadanía: una relación esencial. Tres mensajes que destacan la importancia de los espacios culturales y la comunidad.
Las instituciones necesitan a la ciudadanía → La ciudadanía necesita espacios culturales de encuentro → La cultura necesita comunidades vivas.
Y todas ellas dependen de ecosistemas naturales saludables.
Europa está avanzando progresivamente hacia modelos de gobernanza que reconocen esta interdependencia, impulsando programas culturales, redes creativas y estrategias de cooperación territorial basadas en el enfoque ecosistémico.
Los ecosistemas relacionales representan una nueva forma de comprender el desarrollo humano. Más allá de los indicadores económicos, ponen en el centro la calidad de los vínculos entre personas, instituciones, culturas y naturaleza.
Para organizaciones como la Fundación Giordani, trabajar desde esta perspectiva significa promover una cultura de la fraternidad donde la sostenibilidad no sea únicamente ambiental, sino también social, cultural y relacional.
Porque las sociedades más resilientes no son necesariamente las más ricas, sino aquellas capaces de construir relaciones de confianza, cooperación y cuidado mutuo.