Buscamos personas con las que compartir una forma de entender el mundo, espacios donde sentirnos cómodos, conversaciones en las que no tengamos que explicar constantemente quiénes somos. Nuestra familia, nuestros amigos, el trabajo, el barrio, las redes sociales… Todos forman parte de nuestros círculos.
Y esos círculos nos hacen bien.
Nos sostienen, nos dan identidad y nos permiten sentir que formamos parte de algo.
Pero, ¿qué ocurre cuando el círculo que nos ayuda a conectar empieza también a determinar lo que somos capaces de ver?
Cuando el círculo se convierte en una ventana
Hace poco, una conversación cotidiana me hizo pensar en esto.
Estaba con unas amigas hablando sobre una realidad social que habíamos visto repetidamente en redes. Todas teníamos una opinión bastante parecida. Hablábamos con seguridad, utilizábamos las mismas expresiones y dábamos por supuesto que entendíamos perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Hasta que una de ellas preguntó:
—¿Pero alguna de vosotras conoce realmente a alguien que esté viviendo esta situación?
Si nos quedamos en silencio. No conocíamos a nadie.
Habíamos estado hablando durante un buen rato sobre personas que no formaban parte de nuestra vida.
Y, sin embargo, creíamos saber cómo eran, qué pensaban y por qué actuaban de determinada manera.
Días después, una conversación con una persona que sí vivía aquella realidad cambió algo.
No fue una conversación extraordinaria. Hablamos de su trabajo, de su familia, de sus preocupaciones, de cosas completamente cotidianas.
Pero al volver a casa apareció una pregunta incómoda:
¿Cuántas veces construimos una opinión sobre una persona antes de haber tenido la oportunidad de conocerla?
Quizá el problema no estaba en tener una opinión.
Estaba en haber confundido la parte de realidad que conocíamos con toda la realidad.
Dentro del círculo todo parece más evidente
Todos construimos círculos. Y dentro de ellos compartimos códigos, experiencias, preocupaciones y formas de interpretar lo que sucede.
El problema aparece cuando esos círculos se vuelven demasiado homogéneos. En otras palabras seguimos a personas que piensan parecido. Además nos informamos a través de contenidos que confirman nuestras ideas. Y a la vez conversamos principalmente con quienes comparten nuestras referencias. Y poco a poco, aquello que está fuera empieza a parecernos extraño. Hasta el punto que no necesitamos que nadie nos diga qué pensar y el propio grupo se converte en un filtro.
Así, una persona migrante puede convertirse en “un inmigrante”. Una persona que vive en la calle, en “una persona sin hogar”. Un joven que no encuentra oportunidades, en “los jóvenes”. Una familia que atraviesa dificultades, en “una familia vulnerable”.
Entonces sucede que la categoría ocupa el lugar de la persona. Y cuando eso sucede, podemos hablar sobre otros durante mucho tiempo sin llegar a relacionarnos con ellos.
España también necesita abrir sus círculos
En una sociedad tan heterogénea como la española, esta cuestión tiene una dimensión especialmente importante. Compartimos espacios con personas de diferentes edades, procedencias, situaciones económicas, culturas y formas de entender la vida. Sin embargo, vivir en la misma sociedad no significa necesariamente encontrarnos. Aún si vivimos en la misma ciudad podemos estar en mundos completamente separados.
Por eso la cohesión social no depende únicamente de tener espacios comunes más bien de relaciones capaces de atravesar las fronteras invisibles que vamos construyendo. Asimismo una sociedad fragmentada no siempre está formada por personas enfrentadas.
A veces está formada por personas que simplemente no se encuentran.
La solución no es romper el círculo
Necesitamos nuestros círculos que nos dan identidad y pertenencia. El reto está en que ese espacio de seguridad no se convierta en un límite para nuestra mirada.
La solución es aprender a abrirlo: acercarnos a experiencias distintas, compartir espacios con personas con las que normalmente no coincidiríamos y conocer realidades que quizá solo hemos visto a través de las redes o las noticias.
Sin embargo abrir el círculo implica algo más que ofrecer nuestro tiempo, nuestros conocimientos o nuestra ayuda. Implica estar dispuestos a recibir. A escuchar una historia que nos incomoda, descubrir algo que desconocíamos o cuestionar una certeza.
Ahí es entonces donde aparece la fraternidad: en la capacidad de ampliar nuestro “nosotros” sin exigir que el otro deje de ser quien es.
No va de pensar igual, sino de encontrarnos sin convertir las diferencias en barreras.
Y cuando nos acercamos a la historia del otro, el círculo cambia de tamaño y también nuestra forma de mirar.
¿Quién está fuera de nuestro círculo?
Un movimiento simple sería traerlo hacia nuestro círculo en cambio uno revolucionario sería salir.
La Fundación Centro Tierra de Todosagradece a la Fundación Igino Giordani su donativo de 4.000 euros para atender a las personas que usan los servicios del Centro de Acogida San Antonio en Ceuta y que, en su mayoría, viven en las calles de esta ciudad.
Hay realidades que no pueden esperar. En las calles de Ceuta siguen encontrándose personas que necesitan apoyo y acompañamiento: niños y niñas, mujeres solas, mujeres embarazadas y otras personas que afrontan situaciones de especial vulnerabilidad.
En opinión de Vicente, curarnos un poco en salud, más allá de las cuestiones políticas, de los debates y de la búsqueda de culpables, existe una realidad concreta que interpela: personas que siguen viviendo en las calles y llamando a nuestras puertas en busca de acogida y ayuda.
“En este escenario tan difícil con el que nos encontramos es cuando más resuenan en nuestro corazón los cuatro verbos que el papa Francisco nos dejó en herencia:acoger, proteger, promover e integrar”.
La colaboración entre ambas fundaciones se suma así a la acción que desarrolla la Delegación de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, y expresa una convicción compartida: ante situaciones complejas, la fraternidad también se construye con respuestas concretas.
“Una colaboración que une a nuestras entidades y nos permite formar parte de toda la acción que se desarrolla desde la Delegación de Migraciones”.
Desde la Fundación Centro Tierra de Todos hacen extensivo su agradecimiento a todas las personas que han hecho posible esta colaboración y que comparten el compromiso de construir un mundo más justo y fraterno.
Porque la fraternidad no es solo una palabra. También es estar, acompañar y poner recursos allí donde hacen falta.
Hay una imagen que hemos aprendido desde pequeños: salir de la caverna para encontrar la luz.
En el mito de la caverna de Platón, quien consigue salir descubre otra realidad y, después, regresa para ayudar a quienes todavía permanecen dentro. La imagen es poderosa. Aunque también puede esconder una trampa. Podemos acabar pensando que ayudar consiste en estar fuera de la cueva y enseñar al otro cómo salir. Como si nosotros tuviéramos la luz y el otro necesitara que se la lleváramos.
La vulnerabilidad, sin embargo, suele ser bastante más incómoda.
Cuando alguien cercano atraviesa una adicción, una enfermedad, una pérdida, una situación de exclusión o simplemente un momento en el que siente que no puede más, no siempre necesita que alguien venga a rescatarlo.
A veces necesita algo mucho más difícil: que alguien se acerque sin colocarse por encima.
Ahí aparece una pregunta que me acompaña cada vez más:
¿Y si para subir juntos primero necesitamos descender?
No se trata de justificarlo todo ni de renunciar a poner límites. Tampoco de negar nuestras capacidades. Se trata de reconocer algo más sencillo y más profundo: yo también soy vulnerable.
Y desde ahí podemos hacer tres movimientos.
1. DESCENDER → Bajar de nuestra posición
El primer movimiento es abandonar, aunque sea por un momento, el lugar de quien sabe lo que corresponde o tiene la solución.
Cuando queremos ayudar, nuestra primera reacción suele ser buscar soluciones:
«Tienes que hacer esto.»«Deberías dejar aquello.»«Si yo estuviera en tu lugar…»
Sin embargo cuando alguien está sufriendo, nuestros consejos pueden convertirse fácilmente en distancia.
Descender significa acercarme a su realidad, reconocer que no puedo vivirla por él y estar dispuesto a acompañarlo desde ahí. Preguntar antes de interpretar. Escuchar antes de aconsejar. Y reconocer que yo también puedo estar en una cueva.
Mi fragilidad no me hace menos capaz de acompañar. Al contrario: puede ayudarme a hacerlo desde un lugar más humano.
¿Qué te está pasando? ¿Qué necesitas ahora? ¿Qué puedo hacer contigo? o simplemente puede ser que lo mejor sea no preguntar nada.
No parece una gran diferencia. No obstante cambia completamente el lugar desde el que nos relacionamos.
2. MIRAR → Prestar atención de verdad
Simone Weil filósofa, profesora, activista política y mística francesa escribió que «la atención, en su grado más alto, es la misma cosa que la oración».
Más allá de la dimensión espiritual de la frase, hay una idea tremendamente actual: prestar atención es mucho más que mirar. Es hacer espacio para que el otro exista delante de nosotros sin reducirlo inmediatamente a una etiqueta. La persona con una adicción deja de ser «un adicto». La persona que ha perdido su trabajo deja de ser «un desempleado». La persona enferma deja de ser «un enfermo». Y la persona que se ha equivocado deja de ser solamente «la persona que se equivocó».
La persona recupera su lugar: con su historia, sus deseos y su capacidad de decidir.
Mirar de verdad significa intentar descubrir aquello que no estamos viendo.
¿Qué hay detrás de esa conducta? ¿Qué necesita recuperar? ¿Qué puede decidir por sí misma? ¿Qué pequeña capacidad sigue intacta?
Porque acompañar también consiste en ver posibilidades allí donde nosotros solo veíamos problemas.
En la práctica: antes de proponer una solución, hacer tres preguntas:
¿Qué quieres cambiar de verdad?¿Qué paso puedes dar tú? ¿En qué necesitas que esté a tu lado?
A veces la respuesta nos sorprende.
3. SUBIR JUNTOS → Compartir el esfuerzo
Aquí está quizá el cambio más importante. Parar de pensar que ayudar es tirar del otro.
Tirar puede funcionar durante un rato. Pero nadie puede vivir permanentemente siendo arrastrado por otro.
Subir juntos significa otra cosa. Significa preguntarnos:
¿Qué puedo poner yo? ¿Qué puedes poner tú? ¿Qué podemos construir entre los dos?
Quizá yo tengo tiempo y el otro tiene una capacidad que ha dejado de reconocer. A lo mejor yo conozco un recurso y el otro tiene que tomar la decisión de utilizarlo. O puedo acompañar a una cita, pero es él quien tiene que dar el paso. Tal vez necesitamos pedir ayuda a una tercera persona.
Un descubrimiento es que la vulnerabilidad no significa ausencia de capacidades.Y al mismo tiempo acompañar no significa ocupar el lugar del otro.
Significa crear condiciones para que pueda recuperar su capacidad de avanzar.
Por eso este tercer movimiento es de verdad el más incómodo porque nos obliga a renunciar al rol de salvadores. Y también a aceptar nuestros propios límites.
Romper el sistema empieza aquí
Vivimos rodeados de sistemas que nos acostumbran a clasificarnos rápidamente: los que pueden y los que necesitan ayuda; los fuertes y los débiles; los que saben y los que no saben; los que están dentro y los que están fuera. Incluso nuestras mejores intenciones pueden reproducir esa lógica.
Yo ayudo. Tú recibes. Yo tengo recursos. Tú tienes necesidades. Yo estoy arriba. Tú estás abajo. Romper ese sistema requiere algo más que buenas intenciones. Requiere cambiar la relación.
Porque quizá la verdadera transformación no ocurre cuando conseguimos sacar a alguien de su cueva. Ocurre cuando dejamos de construir el mundo como si hubiera personas destinadas a salvar y personas destinadas a ser salvadas.
Todos tenemos algo que ofrecer. Todos tenemos algo que aprender. Y todos, en algún momento, necesitamos que alguien se acerque.
¿Qué puedes hacer hoy?
Piensa en una persona que atraviesa una situación difícil. No busques todavía una solución.
Haz el primer movimiento: → acércate. Después → escucha. Y finalmente → preguntad juntos:
¿Cuál es el primer paso que podamos dar juntos?
Quizá subir juntos empiece precisamente ahí: cuando dejamos de mirar al otro desde arriba y nos atrevemos a encontrarnos a su altura.
Descender para encontrarnos. Mirar para comprender. Subir para avanzar juntos.
¿Y si el mayor regalo que puedes hacer a tu hijo este año no fuera un juguete, ni una actividad extraescolar, ni unas vacaciones? ¿Y si fuera aprender a entenderos mejor?
Las familias de hoy viven una contradicción difícil de sostener.
Nunca hemos tenido tanta información sobre crianza, educación emocional y desarrollo infantil. Sin embargo, muchas madres y padres sienten que cada día improvisan. Intentan hacerlo bien, leen libros, escuchan podcasts, siguen cuentas de psicología infantil... y aun así terminan el día preguntándose si podrían haber reaccionado de otra manera.
La realidad es que criar no debería ser un examen que se aprueba o se suspende. Debería ser una experiencia compartida.
Y precisamente ahí nace Crecer en Familia, el programa Up2Me / Up2Us impulsado por la Fundación Igino Giordani junto a Familias Nuevas España, una propuesta de educación emocional para niños y niñas de 4 a 8 años y sus familias que transforma la manera de relacionarse dentro de casa.
Cuando el problema no son las rabietas
Muchas veces pensamos que el conflicto es la rabieta o que el problema es que nuestro hijo no escucha. Tal vez, que nuestra hija responde mal.
Sin embargo, en realidad, la mayoría de los conflictos familiares nacen de algo mucho más profundo: no sabemos cómo acompañar las emociones cuando aparecen.
Vivimos con prisa. Llegamos cansados. Respondemos antes de comprender.
Y poco a poco dejamos de hablar para empezar simplemente a resolver urgencias. Las conversaciones se convierten en instrucciones. Los abrazos en recompensas.
Y el tiempo compartido acaba siendo tiempo compartiendo el mismo espacio, sin embargo no la misma experiencia.
Los niños no necesitan padres perfectos
La evidencia científica lleva años mostrando que el desarrollo emocional durante la infancia tiene un impacto directo en la autoestima, la capacidad para gestionar conflictos, el rendimiento escolar, la salud mental y la calidad de las relaciones futuras.
Lo que necesitan verdaderamente son adultos disponibles.
Diversas investigaciones indican que las competencias socioemocionales desarrolladas desde edades tempranas se asocian con un mayor bienestar psicológico, mejores relaciones interpersonales y una mayor capacidad para afrontar situaciones de estrés a lo largo de la vida.
Detrás de todo esto, hay una buena noticia. Estas habilidades se pueden aprender y, sobre todo, se pueden aprender juntos.
¿Qué hace diferente a Up2Me / Up2Us?
No es una escuela para padres. No es una charla donde alguien explica cómo deberías educar. No es un curso lleno de teoría.
Es una experiencia.
Mientras los niños descubren el mundo de las emociones mediante juegos, cuentos, música, movimiento y dinámicas adaptadas a su edad, los adultos aprenden herramientas prácticas para comprender mejor lo que ocurre dentro de sus hijos... y también dentro de ellos mismos.
Después, ambos vuelven a encontrarse. Y ese encuentro cambia muchas cosas.
Porque cuando un niño siente que sus padres también están aprendiendo, deja de sentirse evaluado y empieza a sentirse acompañado.
El programa trabaja emociones como la alegría, el miedo, la tristeza, el enfado, el asombro o el rechazo, fortaleciendo la comunicación familiar, la escucha y la confianza mutua desde una metodología internacional desarrollada por especialistas en educación, psicología y acompañamiento familiar.
Lo que de verdad buscan las familias jóvenes
Cuando preguntamos a madres y padres qué desean para sus hijos, casi nadie responde "que saque mejores notas".
La mayoría habla de algo fundamental , "Que sea feliz", "Que tenga amigos de verdad", "Que se quiera", "Que sepa afrontar las frustraciones", "Que pueda expresar lo que siente", "Que no viva con ansiedad", "Que construya relaciones sanas".
Sin embargo, pocas veces encontramos espacios donde toda la familia pueda entrenar esas habilidades de forma práctica. Es por eso precisamente lo que proponeCrecer en Familia es aprender a identificar, nombrar y gestionar las emociones de la mejor manera posible . Además la diferencia de hacer la experiencia en familia hace que se pasé rápidamente de la teoría a la práctica. Esto produce un cambio importante en la convivencia cotidiana.
Un espacio donde también los padres pueden respirar
Educar puede resultar profundamente bonito y al mismo tiempo también agotador. Muchas familias toman este reto de manera solitaria lo que debilita el aprendizaje. A eso se suma el efecto de los medios de comunicación y en particular de la redes sociales donde se muestran a familias perfectas. La frustración y la culpa no tardan en llegar.
Y terminan pensando que son las únicas que tienen dificultades. Lo cual está muy lejos de la realidad.
Compartir este camino con otras familias permite descubrir algo liberador: nadie tiene todas las respuestas, pero todos podemos aprender juntos. Es así cuando una familia deja de sentirse juzgada, empieza realmente a crecer.
Una experiencia que fortalece toda la comunidad
El proyecto Crecer en Familia se desarrollará durante el curso 2026-2027 en diferentes ciudades de España, creando pequeños grupos donde las familias pueden conocerse, compartir experiencias y construir una auténtica red de apoyo mutuo.
Aquí se experimenta que educar nunca es una tarea individual. Todo lo contrario es siempre una aventura colectiva.
La frase «para educar a un niño hace falta una tribu entera» es un conocido proverbio que destaca la responsabilidad compartida de la comunidad en la crianza. Significa que la familia no puede ni debe estar sola, sino que necesita el apoyo de vecinos, escuelas y la sociedad.
El mejor recuerdo de la infancia no suele ser un objeto
Con el tiempo, tus hijos olvidarán muchos regalos. Y necesidades de tener esas zapatillas con luces o rueditas se las olvidarán. O quizás ese videojuego que estaba de moda e incluso muchas excursiones.
Pero probablemente recordarán otra cosa; ese día donde sus padres decidieron dedicar tiempo a conocerlos de verdad.
Que hubo un lugar donde podían hablar sin miedo, Jugar y reír. Y porque no equivocarse y crecer juntos.
Hay momentos que nunca se olvidarán, esos momentos de calidad, donde se encontraban seguros y queridos.
Da el primer paso hacia una nueva forma de vivir la familia
Si tienes hijos o hijas entre 4 y 8 años y sientes que te gustaría comunicarte mejor, gestionar los conflictos con más serenidad y fortalecer vuestro vínculo desde la educación emocional, Crecer en Familia (Up2Me / Up2Us) puede convertirse en uno de esos momentos que marcan un antes y un después.
No esperes a que la adolescencia haga visibles las grietas. Las relaciones familiares se construyen mucho antes. Regálales a tus hijos algo que ninguna pantalla puede ofrecer: una familia que aprende a escucharse, comprenderse y crecer unida. Reserva hoy tu plaza en Crecer en Familia y convierte el tiempo con tus hijos en el recuerdo que más valorarán cuando sean adultos.
La promesa inicial de las redes sociales fue simple y poderosa: construir una plaza pública donde cualquiera pudiera ser escuchado. Sin embargo, como advierte el filósofo Tomás Balmaceda, esa promesa se ha ido diluyendo. Hoy, la conversación pública ya no es un territorio compartido, sino un archipiélago de burbujas algorítmicas que moldean lo que vemos, lo que pensamos y, en última instancia, lo que creemos que es real.
En este contexto, Explorar la tierra del otro —un principio central en la filosofía de laFundación Igino Giordani— se vuelve no solo un acto ético, sino una estrategia de supervivencia democrática. Giordani defendía que la paz y la convivencia nacen del encuentro con la alteridad, del esfuerzo por comprender el mundo del otro sin miedo a perder el propio.
Hoy, ese gesto es más urgente que nunca.
Los algoritmos han degradado el mundo común
Según Balmaceda, el giro hacia los algoritmos de recomendación —especialmente el modelo “Para ti”— transformó radicalmente la experiencia digital. Ya no vemos lo que publican quienes seguimos, sino lo que una máquina decide que nos resultará más atractivo. Y lo atractivo, en la economía de la atención, suele ser lo extremo, lo polarizante, lo emocionalmente explosivo.
Esto genera tres efectos críticos:
Fragmentación del espacio público: cada persona habita un feed distinto, una isla informativa que refuerza sus creencias.
Opacidad cognitiva: no sabemos por qué vemos lo que vemos; la caja negra decide por nosotros.
Polarización afectiva: lo que más circula es lo que más enoja, indigna o exacerba.
La periodista y autoraMiriam de Paoli, coautora de Los últimos humanos, sostiene que esta fragmentación erosiona la posibilidad de construir un “nosotros”. Sin un mundo común, la democracia se vuelve un ejercicio de monólogos simultáneos.
Por qué se ha dado este fenómeno: la tiranía de la atención y la productividad
El auge de la inteligencia artificial generativa aceleró una tendencia que ya estaba en marcha: la obsesión por la eficiencia. Como explica Balmaceda, estas herramientas fueron diseñadas para responder rápido, agradar y resolver. La lentitud —condición básica del pensamiento crítico— se volvió un lujo.
Tres fuerzas explican el fenómeno:
La economía de la atención: captar segundos de mirada vale más que construir conversaciones profundas.
La delegación cognitiva: cada vez más personas delegan decisiones cruciales —incluso políticas— a sistemas automatizados.
La cultura de la productividad: hacemos más, producimos más, pero entendemos menos.
En este clima, la figura del multimillonario tecnológico se convierte en modelo cultural. No por su sabiduría, sino por su éxito económico. La conversación pública se empobrece cuando la riqueza sustituye a la autoridad moral.
Explorar la tierra del otro: la respuesta desde la filosofía de Igino Giordani
Giordani defendía que la unidad no se construye desde la homogeneidad, sino desde el encuentro entre diferencias. Su propuesta —profundamente actual— se basa en tres pilares:
Reconocer la dignidad del otro incluso cuando piensa distinto.
Construir puentes narrativos que permitan comprender el contexto ajeno.
Practicar la reciprocidad como método de convivencia.
Aplicado al ecosistema digital, esto implica recuperar la soberanía cognitiva: decidir qué pensamos, qué creemos y qué compartimos sin delegarlo a un algoritmo.
Explorar la tierra del otro no es un gesto romántico: es un acto político.
Posibles soluciones: reconstruir el mundo común
La degradación del espacio público no es irreversible. Existen caminos concretos para recuperar la conversación compartida:
1. Reivindicar la lentitud y profundizarla
Pensar requiere tiempo. La lentitud es resistencia frente a la aceleración algorítmica.
2. Cultivar el criterio y desarrollarlo
Decidir qué delegamos y qué no. Recuperar la capacidad de evaluar, contrastar y dudar.
No podemos convivir en un mundo donde las reglas de visibilidad son opacas.
5. Reconstruir y crear comunidades deliberativas
Espacios donde la conversación no esté mediada por la lógica de la viralidad.
Por último volver al mundo común
La filosofía de Giordani y el diagnóstico de Balmaceda convergen en una idea poderosa: la democracia necesita un mundo compartido. Sin él, la conversación pública se vuelve ruido, la política se vuelve espectáculo y la ciudadanía se vuelve audiencia.
Explorar la tierra del otro es la forma más humana de resistir la fragmentación algorítmica. Es un acto de soberanía cognitiva, de responsabilidad ética y de reconstrucción social.
Es, en definitiva, la manera de volver a encontrarnos.