Luego de los terremotos de 24 de junio que azotó a Venezuela, se han reforzados las ayudas en primeros auxilios a través de una campaña extraordinaria de recaudación de fondos (haga clic aquí para donar).
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La situación en las zonas afectadas por el terremoto en Venezuela
Más de un mes después de los dos devastadores terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que azotaron el eje San Felipe – Yumare – Montalbán, la situación en la zona centro-norte del país sigue siendo crítica.
La zona de La Guaira fue la más afectada por el terremoto, pero también se registraron daños graves en la zona de Caracas , especialmente en El Junquito y San Bernardino .
Los datos actualizados sobre el terreno muestran la magnitud de la emergencia:
Más de 3.880 víctimas confirmadas y más de 16.700 heridos.
Más de 17.900 personas no tienen hogar , de las cuales casi 16.900 están actualmente alojadas en 87 campamentos temporales habilitados.
Aproximadamente 856 edificios resultaron dañados , incluyendo 190 complejos que se derrumbaron por completo, entre ellos viviendas, escuelas y centros de salud.
A medida que las operaciones de recuperación se acercan a su fin, la población se enfrenta a una doble crisis: sanitaria y emocional, exacerbada por la pérdida repentina de hogares, empleos y medios de subsistencia.
Nuestro plan de acción en el territorio: cómo estamos interviniendo
Gracias a la colaboración estratégica con la AMU, AFN y la Fundación Giordani se están implementando un plan de respuesta integral que incluye:
Ayuda alimentaria y artículos de primera necesidad: Distribución de artículos de primera necesidad directamente a las familias más vulnerables y apoyo continuo a los comedores sociales comunitarios y parroquiales.
Atención sanitaria y psicológica: Cobertura de los gastos de consultas, medicamentos y pruebas especializadas, junto con apoyo psicológico para el procesamiento del trauma.
Intervenciones en materia de vivienda: Rehabilitar viviendas parcialmente dañadas para permitir un regreso rápido y seguro, y proporcionar ayuda para el alquiler a familias sin hogar.
Recuperación económica: Microfinanciación y suministros para que las pequeñas y medianas empresas puedan reabrir, salvaguardando los puestos de trabajo y la economía local.
Ahora comienza una nueva etapa
La emergencia no termina con los primeros auxilios ahora comienza la reconstrucción y la devolución de la dignidad a las comunidades afectadas requieren un compromiso continuo.
Treinta y cinco años después de que Chiara Lubich lanzara en Brasil una propuesta que parecía contracorriente, la Economía de Comunión vuelve a mirar hacia América Latina para preguntarse una cuestión decisiva: ¿cómo regenerar una economía que ha dejado demasiadas heridas abiertas?
La respuesta no llega en forma de un nuevo modelo financiero ni de una teoría económica. Llega desde las personas.
Por eso Argentina ha acogido la celebración internacional del 35.º aniversario bajo un lema tan sugerente como exigente: "Un camino de regeneración". No se trata únicamente de recordar el pasado, sino de experimentar una forma distinta de comprender la economía: una economía capaz de reconstruir relaciones, generar confianza y situar la dignidad humana en el centro.
Mucho más que un aniversario
Desde su nacimiento en 1991, la Economía de Comunión ha demostrado que es posible hacer empresa sin renunciar a la solidaridad, al bien común ni a la rentabilidad.
Hoy, miles de empresarios, trabajadores, investigadores, jóvenes y ciudadanos de todos los continentes forman parte de una red que entiende que el beneficio económico adquiere su verdadero sentido cuando también genera desarrollo humano, inclusión y fraternidad.
Lejos de organizar un congreso tradicional, la celebración de estos 35 años ha querido convertirse en una experiencia transformadora. Durante varios días, cientos de participantes convivieron con comunidades locales de distintos países latinoamericanos antes de reunirse en Buenos Aires para compartir aprendizajes, escuchar las voces de quienes viven situaciones de vulnerabilidad y construir juntos nuevas propuestas para el futuro.
En biología, una herida no sana únicamente gracias a elementos externos. La regeneración comienza desde el propio tejido vivo. Esa misma imagen inspira a la Economía de Comunión.
Las fracturas sociales, la desigualdad creciente, la crisis ambiental o la desconfianza hacia las instituciones no se solucionan únicamente mediante reformas económicas. Necesitan comunidades capaces de reconstruir vínculos, generar confianza y crear espacios donde la cooperación sustituya a la lógica del descarte.
Como explican los organizadores del encuentro, la regeneración nace precisamente allí donde existen las heridas. No consiste en llegar desde fuera con soluciones prefabricadas, sino en caminar junto a quienes viven esas realidades para descubrir nuevas posibilidades desde la comunión.
Una economía que nace del encuentro
Quizá la mayor originalidad de la Economía de Comunión siga siendo la misma que hace tres décadas.
No parte de una ideología económica, sino de una experiencia humana.
Empresarios, trabajadores, personas en situación de pobreza, investigadores, jóvenes y ciudadanos participan juntos en la construcción de respuestas. Todos son protagonistas. Nadie queda reducido a mero beneficiario.
Esta forma de entender la economía rompe con la lógica de la competencia permanente para proponer una cultura basada en la reciprocidad, la confianza y la corresponsabilidad.
Uno de los grandes mensajes del encuentro celebrado en Argentina es que emprender puede ser mucho más que crear una empresa.
Puede convertirse en un acto de transformación social.
Cada proyecto empresarial tiene la capacidad de generar empleo digno, fortalecer comunidades, cuidar el medio ambiente y producir riqueza compartida. La innovación deja entonces de medirse únicamente por la tecnología para comenzar a medirse también por su impacto en las personas.
Este cambio de perspectiva invita a revisar una pregunta esencial: ¿para qué existe una empresa?
La Economía de Comunión responde con claridad: para crear valor económico, sí, pero también para construir relaciones, reducir desigualdades y hacer posible una sociedad más fraterna.
Un mensaje especialmente necesario para nuestro tiempo
Treinta y cinco años después de su nacimiento, la Economía de Comunión continúa siendo una propuesta profundamente actual.
Mientras aumenta la sensación de fragmentación social, crece también la necesidad de iniciativas capaces de reconstruir la confianza.
La regeneración de la que habla la Economía de Comunión no comienza en los mercados financieros. Comienza en las personas. En la forma de consumir, de trabajar, de emprender, de dirigir organizaciones y de relacionarnos con quienes son diferentes.
Porque toda transformación económica duradera necesita, antes que nada, una transformación cultural.
Y esa sigue siendo la gran intuición nacida hace 35 años: que la comunión no es el resultado del desarrollo económico, sino la condición para construir una economía verdaderamente humana.
Hoy, en españa, esta invitación vuelve a resonar con fuerza para el mundo entero:regenerar la economíaes posible cuando ponemos en el centro a la persona, la fraternidad y el bien común. Ese camino comenzó hace 35 años. Y, quizás, ahora sea más necesario que nunca.
A continuación os compartimos la entrevista a Elena Bravo, Jesús Laso y Paco Toro en su regreso del evento "Un camino de regeneración".
En 2026, la inquietud por la desinformación llegó al 62% en promedio entre los encuestados del Digital News Report.
A partir de aquí, profundizaremos en el análisis del profesor Alfredo Ramírez Nárdiz donde vincula el crecimiento de la estupidez con la progresiva sustitución de la cultura escrita por una cultura dominada por la imagen, apoyándose en las tesis del politólogo italiano Giovanni Sartori expuestas en Homo Videns. Según el autor, esta transformación favorece el desarrollo de una sociedad cada vez más emocional y menos racional. Dos décadas después de la irrupción de las redes sociales, resulta difícil rebatir este diagnóstico.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil renunciar al pensamiento crítico. Las plataformas digitales recompensan la reacción inmediata antes que la reflexión, el enfado antes que la comprensión y la certeza antes que la duda.
Sin embargo, una democracia necesita justamente lo contrario: ciudadanos capaces de detenerse unos minutos antes de pulsar el botón de compartir, personas que prefieran comprender antes que imponerse y espacios para el diálogo en lugar de trincheras.
¿Tiene remedio la estupidez política?
Ramírez Nárdiz juega con el lector en su libro y adelanta una respuesta provocadora a esta pregunta: «Spoiler: no». Es una afirmación que obliga a reflexionar. Si la estupidez forma parte de la condición humana, quizá nunca desaparezca del todo.
Sin embargo, aceptar que siempre existirá no significa resignarse a convivir con ella sin hacer nada. La democracia tampoco elimina el conflicto, la desigualdad o el egoísmo, pero crea instituciones y hábitos que limitan sus efectos. Con la estupidez política ocurre algo parecido: quizá no podamos erradicarla, pero sí podemos impedir que se convierta en la fuerza dominante de la vida pública.
El problema comienza cuando dejamos de escuchar, cuando renunciamos a contrastar nuestras ideas y cuando preferimos la comodidad de la consigna al esfuerzo de comprender la realidad.
La respuesta, por tanto, no pasa únicamente por exigir mejores dirigentes. También requiere mejores ciudadanos. Porque las instituciones son, en buena medida, el reflejo de la cultura cívica que las sostiene.
Primer nivel: una revolución personal
Toda transformación social empieza por una decisión individual. En una época marcada por la velocidad, el primer acto de resistencia consiste en recuperar el tiempo para pensar. Leer antes de compartir. Verificar antes de opinar. Escuchar antes de responder. Preguntarnos con honestidad: «¿Y si estuviera equivocado?»
La humildad intelectual es una de las virtudes más revolucionarias de nuestro tiempo. No debilita nuestras convicciones; las hace más sólidas porque las obliga a dialogar con la realidad.
También necesitamos recuperar el valor de la conversación para comprender. Podemos afirmar que las mejores democracias son aquellas donde las personas distintas siguen siendo capaces de hablarse con respeto.
Segundo nivel: reconstruir comunidad
La estupidez política prospera cuando las personas viven aisladas y solo escuchan a quienes piensan como ellas. En cambio, pierde fuerza allí donde existen comunidades vivas capaces de generar confianza, encuentro y cooperación.
La familia, la escuela, las asociaciones, las parroquias, los movimientos eclesiales, los clubes deportivos o las organizaciones de voluntariado son mucho más que espacios de convivencia. Son auténticas escuelas de ciudadanía.
La Fundación Igino Giordani recuerda, desde los principios de cohesión social y pluralismo, que el bien común no nace de decretos ni de discursos, sino de relaciones humanas construidas sobre el reconocimiento del otro como un bien y nunca como un enemigo.
Por eso necesitamos crear más espacios donde el desacuerdo no rompa el diálogo, sino que la enriquezca. Donde las diferencias se conviertan en oportunidad de aprendizaje y no en motivo de exclusión. Una experiencia innovadora del Movimiento político por la unidad, en esta línea es la formación: Una Humanidad un planeta, donde jóvenes de diferentes contextos culturales, geopolíticos resuelven problemas complejos de manera conjunta.
Tercer nivel: instituciones que eduquen para la democracia
Las instituciones también tienen una responsabilidad ineludible. Es ir más allá de gestionar eficazmente los recursos públicos. Deben contribuir a formar ciudadanos capaces de participar de manera responsable en la vida democrática.
Eso implica fortalecer la educación cívica desde edades tempranas, promover el pensamiento crítico,garantizar una información rigurosa y favorecer una cultura políticadonde el acuerdo sea valorado tanto como la discrepancia.
La democracia necesita representantes competentes, y también ciudadanos exigentes. Necesita transparencia, sí, pero también responsabilidad compartida. Necesita leyes justas, aunque, sobre todo, necesita personas dispuestas a vivir conforme a ellas.
La calidad democrática será mejor y mayor dependiendo de la calidad humana de quienes la sostenga.
Una esperanza razonable
Sería ingenuo pensar que algún día desaparecerán la manipulación, el populismo o la estupidez política. Forman parte de las fragilidades de toda sociedad libre.
También sería un error olvidar que la historia está llena de hombres y mujeres que decidieron pensar por sí mismos, dialogar cuando otros gritaban y construir puentes cuando parecía más fácil levantar muros.
Dietrich Bonhoeffer lo hizo frente al totalitarismo. Alfredo Ramírez Nárdiz nos invita hoy a mirar la estupidez política sin miedo y a reconocerla como un fenómeno digno de estudio. Ambos coinciden, desde perspectivas distintas, en una misma advertencia: una sociedad deja de ser verdaderamente libre cuando deja de pensar.
La buena noticia es que pensar sigue siendo una decisión personal. Lo mismo que escuchar. También dialogar, reconocer un error, cambiar de opinión o tender la mano a quien piensa distinto continúan estando al alcance de cualquiera.
Quizá ese sea el mejor antídoto contra la estupidez política.
Y quizá ese sea hoy el mejor servicio que podemos prestar a la democracia: construir una cultura del encuentro, donde el pensamiento crítico, el respeto y el bien común recuperen el lugar que nunca debieron perder. Antes de compartir, conviene verificar; antes de reaccionar, escuchar; y, sobre todo, promover conversaciones más serenas, honestas y respetuosas.
La teoría de la estupidez política sostiene que el mayor riesgo para una democracia no es únicamente la corrupción, el populismo o el autoritarismo, sino la pérdida progresiva de la capacidad de pensar críticamente. Cuando ciudadanos e instituciones dejan de analizar la realidad con libertad y sustituyen el razonamiento por consignas, emociones o prejuicios, la calidad democrática se deteriora.
Una metáfora visual sobre la incapacidad de pensar de forma independiente. La imagen ilustra la llamada teoría de la estupidez política.
Esta idea fue formulada con enorme lucidez por Dietrich Bonhoeffer durante la Alemania nazi y, décadas después, desarrollada desde una perspectiva politológica por el profesor Alfredo Ramírez Nárdiz en Teoría General de la Estupidez Política. Su propuesta resulta especialmente provocadora porque rompe un tabú académico: considerar la estupidez como un factor objetivo capaz de explicar decisiones políticas e históricas.
Como afirma Ramírez Nárdiz, «la estupidez es un algo», una realidad que puede analizarse y que debe incorporarse al estudio de las decisiones humanas y, especialmente, de la política.
La pregunta ya no es si existen políticos estúpidos. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿cuántas veces contribuimos todos a la estupidez política?
La gran intuición de Bonhoeffer
Mientras permanecía encarcelado por el régimen nazi, Dietrich Bonhoeffer llegó a una conclusión sorprendente. El peligro más grande para una sociedad no era la maldad. Era la estupidez.
¿Por qué?
Porque frente a una persona malvada es posible defenderse. Sabemos reconocer el daño que causa. Sin embargo, quien actúa desde la estupidez suele creer sinceramente que está haciendo lo correcto. La persona estúpida no escucha.
No duda, No contrasta, No dialoga. Simplemente repite.
Bonhoeffer observó que la estupidez no depende del nivel intelectual. Personas extraordinariamente inteligentes podían actuar de forma profundamente estúpida cuando renunciaban a pensar por sí mismas y se entregaban completamente al grupo, al líder o a la propaganda.
Ochenta años después, esa reflexión continúa siendo extraordinariamente actual.
Alfredo Ramírez Nárdiz da un paso más
El profesor Alfredo Ramírez Nárdiz planteó una tesis aún más ambiciosa. La estupidez política no es únicamente una reflexión filosófica o moral. Es un fenómeno que merece estudiarse científicamente.
En la introducción de su obra denuncia que la historia suele explicar guerras, revoluciones o cambios políticos mediante factores económicos, militares o jurídicos, mientras ignora un elemento que está presente una y otra vez: la estupidez de quienes toman decisiones.
Su planteamiento resulta tan incómodo como lógico. Si aceptamos que la inteligencia de un líder puede cambiar el curso de la historia, ¿por qué nos cuesta tanto admitir que la estupidez también puede hacerlo?
La historia está llena de decisiones absurdas tomadas por personas convencidas de estar actuando correctamente. Y muchas de ellas tuvieron consecuencias devastadoras.
Un brillante laboratorio de estupidez política
Conviene decirlo desde el principio: la estupidez política carece de ideología. No tiene color, no entiende de derechas ni de izquierdas y es indiferente a si se ejerce desde el gobierno o desde la oposición. Quizá por eso sea una de las manifestaciones más igualitarias de la condición humana.
En nuestro país ha sido, durante las últimas décadas, un magnífico laboratorio para observar este fenómeno. Hemos convertido casi cualquier asunto en un enfrentamiento identitario. Hemos confundido la política con el fútbol. De allí que los adversarios pasaron a ser enemigos. Asimismo las dudas fueron interpretadas como traiciones. Y la complejidad quedó reducida a mensajes de dos líneas y la discusión pública comenzó a parecerse cada vez más a un concurso de eslóganes.
El premio ya no consistía en tener razón, sino conseguir más "me gusta".
El elogio de nuestra estupidez
Sí, quizá convenga dedicar unas líneas a elogiar nuestra estupidez. No porque sea una virtud, sino porque posee una cualidad casi milagrosa: es profundamente democrática.
No distingue entre ideologías, generaciones, profesiones ni territorios. No pregunta a quién votamos, cuánto hemos estudiado o cuántos idiomas hablamos. Nos visita a todos con la misma naturalidad y, cuando lo hace, nos convence de que el problema siempre está en el vecino.
Durante las últimas décadas, los españoles hemos demostrado una admirable capacidad para participar en este juego. Hemos compartido noticias que solo habíamos leído en el titular. Hemos opinado con absoluta seguridad sobre asuntos que apenas conocíamos. Hemos confundido la velocidad con la inteligencia, la indignación con el compromiso y el volumen de la voz con la solidez de los argumentos.
También hemos caído en una de las trampas favoritas de la estupidez: creer que solo afecta a los demás. Los estúpidos, pensamos, siempre votan al otro partido, leen el periódico equivocado, siguen al tertuliano equivocado o viven en la comunidad autónoma equivocada. Nosotros, naturalmente, somos la excepción.
Y ahí reside su auténtico poder.
La estupidez política tiene una extraordinaria habilidad para encontrar alojamiento en casa ajena mientras pasa inadvertida en la propia. Se instala cómodamente en nuestras certezas, se alimenta de nuestros prejuicios y nos susurra al oído que no necesitamos escuchar porque ya conocemos todas las respuestas.
Quizá por eso resulta tan peligrosa. No porque nos haga ignorantes, sino porque nos convence de que ya no tenemos nada que aprender.
Así se puede leer en el pie de una fotografía con algunos de mis hijos y nietos que vinieron a comer el pasado domingo. Una imagen sencilla que refleja algo mucho más profundo: el comienzo de un tiempo en el que la familia vuelve a encontrarse con más calma.
Inaugurada la temporada de piscina
Llegan las vacaciones, aunque con el calor que sufrimos desde mayo parece que el verano se ha adelantado. Las clases van terminando y el horario se vuelve más relajado, sin tantas prisas, aunque siempre es bueno mantener un cierto ritmo. El trabajo de los padres no suele coincidir con todas las vacaciones de los hijos y, por eso, los abuelos y los distintos campamentos se convierten en grandes aliados durante estas semanas.
Los pueblos comienzan a llenarse de pequeños que pasan unos días con sus abuelos. Llegan también más comidas familiares, más tiempo para convivir y compartir con los primos, que durante el curso apenas pueden verse. Buscar unos días de camping, de playa o participar en una escuela familiar internacional eran algunos de los planes que comentábamos durante nuestra comida familiar, en la que ya somos dieciocho.
—Abuela, ¿juegas conmigo? —me decía uno de mis nietos.
Yo estaba preparando la comida para todos y andaba muy atareada. Me dolía decirle que no era el momento. Pero enseguida llegaron los primos y comenzaron los juegos. Se prestaban los juguetes y, a veces, discutían por ver a quién le tocaba esto o aquello. Ese jolgorio, ese ir y venir de unos y otros, llenaba la casa de vida.
Pensándolo después, comprendí que esa es una de las mejores lecciones que ofrece la convivencia familiar: aprender a compartir, a esperar, a renunciar y a pensar también en los demás. Se pone en común todo lo que puede servir: un flotador, unas chanclas, las pistolas de agua o la piscina hinchable para los más pequeños. Cada uno aporta algo para compartir: un helado, una bebida, unas galletas o un refresco. Son pequeños gestos que educan sin necesidad de grandes discursos.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar que no todas las familias viven el verano de la misma manera. Hay quienes, por motivos económicos, laborales, de salud o por otras circunstancias personales, no pueden disfrutar de unas vacaciones o de unos días de descanso compartido. También muchas personas mayores viven estos meses en soledad, mientras otras familias afrontan situaciones especialmente difíciles.
Afortunadamente, son muchas las entidades sociales, fundaciones, asociaciones, parroquias y organizaciones de voluntariado que trabajan para que niños, jóvenes, personas mayores y familias puedan disfrutar de unos días de convivencia y descanso. Gracias a su labor, el verano también puede convertirse para muchos en un tiempo de esperanza, de encuentro y de nuevas oportunidades.
El calor del verano reúne a la familia para disfrutar de momentos que, con frecuencia, permanecen en la memoria durante años. Basta saber aprovecharlos. Es verdad que al final del día los abuelos terminamos muy cansados, pero el corazón se ensancha al ver crecer a hijos y nietos alrededor de encuentros, conversaciones y comidas compartidas.
Desde la Fundación Giordani queremos poner en valor estos espacios cotidianos donde se aprende a vivir con los demás. La familia continúa siendo la primera escuela de humanidad, el lugar donde se transmiten los valores de la generosidad, la responsabilidad, el respeto y el servicio. Y, al mismo tiempo, queremos recordar la importancia de mirar con solidaridad a quienes no pueden disfrutar de estas experiencias, apoyando todas aquellas iniciativas que hacen posible que nadie quede excluido del descanso, la convivencia y la alegría del encuentro.
Porque, en definitiva, cuidar a la familia, fortalecer los vínculos entre generaciones y promover una cultura de la solidaridad es contribuir a construir una sociedad más humana, más unida y más esperanzadora.