Las redes sociales: el gran acelerador

Una sociedad deja de ser verdaderamente libre cuando deja de pensar

por Lorena Baudry | Jul 16, 2026

Este artículo complementa a ¿Qué es la teoría de la estupidez política?, donde alerta sobre la urgente necesidad de reconstruir el pensamiento crítico.

Figura con cabeza de bombilla frente a gente con móviles

En 2026, la inquietud por la desinformación llegó al 62% en promedio entre los encuestados del Digital News Report.

A partir de aquí, profundizaremos en el análisis del profesor Alfredo Ramírez Nárdiz donde vincula el crecimiento de la estupidez con la progresiva sustitución de la cultura escrita por una cultura dominada por la imagen, apoyándose en las tesis del politólogo italiano Giovanni Sartori expuestas en Homo Videns. Según el autor, esta transformación favorece el desarrollo de una sociedad cada vez más emocional y menos racional. Dos décadas después de la irrupción de las redes sociales, resulta difícil rebatir este diagnóstico.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil renunciar al pensamiento crítico. Las plataformas digitales recompensan la reacción inmediata antes que la reflexión, el enfado antes que la comprensión y la certeza antes que la duda.

Sin embargo, una democracia necesita justamente lo contrario: ciudadanos capaces de detenerse unos minutos antes de pulsar el botón de compartir, personas que prefieran comprender antes que imponerse y espacios para el diálogo en lugar de trincheras.

¿Tiene remedio la estupidez política?

Ramírez Nárdiz juega con el lector en su libro y adelanta una respuesta provocadora a esta pregunta: «Spoiler: no». Es una afirmación que obliga a reflexionar. Si la estupidez forma parte de la condición humana, quizá nunca desaparezca del todo.

Sin embargo, aceptar que siempre existirá no significa resignarse a convivir con ella sin hacer nada. La democracia tampoco elimina el conflicto, la desigualdad o el egoísmo, pero crea instituciones y hábitos que limitan sus efectos. Con la estupidez política ocurre algo parecido: quizá no podamos erradicarla, pero sí podemos impedir que se convierta en la fuerza dominante de la vida pública.

El problema comienza cuando dejamos de escuchar, cuando renunciamos a contrastar nuestras ideas y cuando preferimos la comodidad de la consigna al esfuerzo de comprender la realidad.

La respuesta, por tanto, no pasa únicamente por exigir mejores dirigentes. También requiere mejores ciudadanos. Porque las instituciones son, en buena medida, el reflejo de la cultura cívica que las sostiene.

Primer nivel: una revolución personal

Toda transformación social empieza por una decisión individual. En una época marcada por la velocidad, el primer acto de resistencia consiste en recuperar el tiempo para pensar. Leer antes de compartir. Verificar antes de opinar. Escuchar antes de responder. Preguntarnos con honestidad: «¿Y si estuviera equivocado?»

La humildad intelectual es una de las virtudes más revolucionarias de nuestro tiempo. No debilita nuestras convicciones; las hace más sólidas porque las obliga a dialogar con la realidad.

También necesitamos recuperar el valor de la conversación para comprender. Podemos afirmar que las mejores democracias son aquellas donde las personas distintas siguen siendo capaces de hablarse con respeto.

Segundo nivel: reconstruir comunidad

La estupidez política prospera cuando las personas viven aisladas y solo escuchan a quienes piensan como ellas. En cambio, pierde fuerza allí donde existen comunidades vivas capaces de generar confianza, encuentro y cooperación.

La familia, la escuela, las asociaciones, las parroquias, los movimientos eclesiales, los clubes deportivos o las organizaciones de voluntariado son mucho más que espacios de convivencia. Son auténticas escuelas de ciudadanía.

La Fundación Igino Giordani recuerda, desde los principios de cohesión social y pluralismo, que el bien común no nace de decretos ni de discursos, sino de relaciones humanas construidas sobre el reconocimiento del otro como un bien y nunca como un enemigo.

Por eso necesitamos crear más espacios donde el desacuerdo no rompa el diálogo, sino que la enriquezca. Donde las diferencias se conviertan en oportunidad de aprendizaje y no en motivo de exclusión. Una experiencia innovadora del Movimiento político por la unidad, en esta línea es la formación: Una Humanidad un planeta, donde jóvenes de diferentes contextos culturales, geopolíticos resuelven problemas complejos de manera conjunta.

Tercer nivel: instituciones que eduquen para la democracia

Las instituciones también tienen una responsabilidad ineludible. Es ir más allá de gestionar eficazmente los recursos públicos. Deben contribuir a formar ciudadanos capaces de participar de manera responsable en la vida democrática.

Eso implica fortalecer la educación cívica desde edades tempranas, promover el pensamiento crítico, garantizar una información rigurosa y favorecer una cultura política donde el acuerdo sea valorado tanto como la discrepancia.

La democracia necesita representantes competentes, y también ciudadanos exigentes. Necesita transparencia, sí, pero también responsabilidad compartida. Necesita leyes justas, aunque, sobre todo, necesita personas dispuestas a vivir conforme a ellas.

La calidad democrática será mejor y mayor dependiendo de la calidad humana de quienes la sostenga.

Una esperanza razonable

Sería ingenuo pensar que algún día desaparecerán la manipulación, el populismo o la estupidez política. Forman parte de las fragilidades de toda sociedad libre.

También sería un error olvidar que la historia está llena de hombres y mujeres que decidieron pensar por sí mismos, dialogar cuando otros gritaban y construir puentes cuando parecía más fácil levantar muros.

Dietrich Bonhoeffer lo hizo frente al totalitarismo. Alfredo Ramírez Nárdiz nos invita hoy a mirar la estupidez política sin miedo y a reconocerla como un fenómeno digno de estudio. Ambos coinciden, desde perspectivas distintas, en una misma advertencia: una sociedad deja de ser verdaderamente libre cuando deja de pensar.

La buena noticia es que pensar sigue siendo una decisión personal. Lo mismo que escuchar. También dialogar, reconocer un error, cambiar de opinión o tender la mano a quien piensa distinto continúan estando al alcance de cualquiera.

Quizá ese sea el mejor antídoto contra la estupidez política.

Y quizá ese sea hoy el mejor servicio que podemos prestar a la democracia: construir una cultura del encuentro, donde el pensamiento crítico, el respeto y el bien común recuperen el lugar que nunca debieron perder. Antes de compartir, conviene verificar; antes de reaccionar, escuchar; y, sobre todo, promover conversaciones más serenas, honestas y respetuosas.

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