La estupidez política sí tiene remedio

De Bonhoeffer a Alfredo Ramírez Nárdiz, una llamada a reconstruir el pensamiento crítico

por Lorena Baudry | Jul 9, 2026

¿Qué es la teoría de la estupidez política?

La teoría de la estupidez política sostiene que el mayor riesgo para una democracia no es únicamente la corrupción, el populismo o el autoritarismo, sino la pérdida progresiva de la capacidad de pensar críticamente. Cuando ciudadanos e instituciones dejan de analizar la realidad con libertad y sustituyen el razonamiento por consignas, emociones o prejuicios, la calidad democrática se deteriora.

Hombre con cabeza de bombilla en un podio
Una metáfora visual sobre la incapacidad de pensar de forma independiente. La imagen ilustra la llamada teoría de la estupidez política.

Esta idea fue formulada con enorme lucidez por Dietrich Bonhoeffer durante la Alemania nazi y, décadas después, desarrollada desde una perspectiva politológica por el profesor Alfredo Ramírez Nárdiz en Teoría General de la Estupidez Política. Su propuesta resulta especialmente provocadora porque rompe un tabú académico: considerar la estupidez como un factor objetivo capaz de explicar decisiones políticas e históricas.

Como afirma Ramírez Nárdiz, «la estupidez es un algo», una realidad que puede analizarse y que debe incorporarse al estudio de las decisiones humanas y, especialmente, de la política.

La pregunta ya no es si existen políticos estúpidos. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿cuántas veces contribuimos todos a la estupidez política?

La gran intuición de Bonhoeffer

Mientras permanecía encarcelado por el régimen nazi, Dietrich Bonhoeffer llegó a una conclusión sorprendente. El peligro más grande para una sociedad no era la maldad. Era la estupidez.

¿Por qué?

Porque frente a una persona malvada es posible defenderse. Sabemos reconocer el daño que causa. Sin embargo, quien actúa desde la estupidez suele creer sinceramente que está haciendo lo correcto. La persona estúpida no escucha.

No duda, No contrasta, No dialoga. Simplemente repite.

Bonhoeffer observó que la estupidez no depende del nivel intelectual. Personas extraordinariamente inteligentes podían actuar de forma profundamente estúpida cuando renunciaban a pensar por sí mismas y se entregaban completamente al grupo, al líder o a la propaganda.

Ochenta años después, esa reflexión continúa siendo extraordinariamente actual.

Alfredo Ramírez Nárdiz da un paso más

El profesor Alfredo Ramírez Nárdiz planteó una tesis aún más ambiciosa. La estupidez política no es únicamente una reflexión filosófica o moral. Es un fenómeno que merece estudiarse científicamente.

En la introducción de su obra denuncia que la historia suele explicar guerras, revoluciones o cambios políticos mediante factores económicos, militares o jurídicos, mientras ignora un elemento que está presente una y otra vez: la estupidez de quienes toman decisiones.

Su planteamiento resulta tan incómodo como lógico. Si aceptamos que la inteligencia de un líder puede cambiar el curso de la historia, ¿por qué nos cuesta tanto admitir que la estupidez también puede hacerlo?

La historia está llena de decisiones absurdas tomadas por personas convencidas de estar actuando correctamente. Y muchas de ellas tuvieron consecuencias devastadoras.

Un brillante laboratorio de estupidez política

Conviene decirlo desde el principio: la estupidez política carece de ideología. No tiene color, no entiende de derechas ni de izquierdas y es indiferente a si se ejerce desde el gobierno o desde la oposición. Quizá por eso sea una de las manifestaciones más igualitarias de la condición humana.

En nuestro país ha sido, durante las últimas décadas, un magnífico laboratorio para observar este fenómeno. Hemos convertido casi cualquier asunto en un enfrentamiento identitario. Hemos confundido la política con el fútbol. De allí que los adversarios pasaron a ser enemigos. Asimismo las dudas fueron interpretadas como traiciones. Y la complejidad quedó reducida a mensajes de dos líneas y la discusión pública comenzó a parecerse cada vez más a un concurso de eslóganes.

El premio ya no consistía en tener razón, sino conseguir más "me gusta".

El elogio de nuestra estupidez

Sí, quizá convenga dedicar unas líneas a elogiar nuestra estupidez. No porque sea una virtud, sino porque posee una cualidad casi milagrosa: es profundamente democrática.

No distingue entre ideologías, generaciones, profesiones ni territorios. No pregunta a quién votamos, cuánto hemos estudiado o cuántos idiomas hablamos. Nos visita a todos con la misma naturalidad y, cuando lo hace, nos convence de que el problema siempre está en el vecino.

Durante las últimas décadas, los españoles hemos demostrado una admirable capacidad para participar en este juego. Hemos compartido noticias que solo habíamos leído en el titular. Hemos opinado con absoluta seguridad sobre asuntos que apenas conocíamos. Hemos confundido la velocidad con la inteligencia, la indignación con el compromiso y el volumen de la voz con la solidez de los argumentos.

También hemos caído en una de las trampas favoritas de la estupidez: creer que solo afecta a los demás. Los estúpidos, pensamos, siempre votan al otro partido, leen el periódico equivocado, siguen al tertuliano equivocado o viven en la comunidad autónoma equivocada. Nosotros, naturalmente, somos la excepción.

Y ahí reside su auténtico poder.

La estupidez política tiene una extraordinaria habilidad para encontrar alojamiento en casa ajena mientras pasa inadvertida en la propia. Se instala cómodamente en nuestras certezas, se alimenta de nuestros prejuicios y nos susurra al oído que no necesitamos escuchar porque ya conocemos todas las respuestas.

Quizá por eso resulta tan peligrosa. No porque nos haga ignorantes, sino porque nos convence de que ya no tenemos nada que aprender.

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