El pasado 21 de febrero de 2026, la Casa de la Cultura Urigain de Andoain (Gipuzkoa) acogió la ponencia de Sebastián Mora Rosado bajo el título “La cohesión social en tiempos de incertidumbre”. En un contexto marcado por la polarización política, la desigualdad creciente y la fragilidad institucional, Mora ofreció una reflexión de gran densidad intelectual y hondura ética sobre el estado de nuestras democracias y el futuro del vínculo social.

El acto, promovido desde una sensibilidad claramente comprometida con la revitalización del espacio público, se convirtió en una interpelación directa a la conciencia cívica y cristiana de nuestro tiempo.
Vivimos en la era de la incertidumbre radical
“No sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa”, recordaba Mora evocando a José Ortega y Gasset. La tesis de partida es clara: nuestra época está atravesada por una incertidumbre estructural que no es coyuntural ni episódica, sino existencial.
En los últimos años, lo impensable se ha vuelto cotidiano. Desde la pandemia global hasta el retorno de liderazgos disruptivos como el de Donald Trump, pasando por el Brexit o las crisis climáticas extremas, el orden previsible de la historia reciente se ha resquebrajado.
Esta incertidumbre no es solo económica o geopolítica. Es antropológica. Afecta al modo en que los jóvenes perciben el futuro: ya no como promesa, sino como condena. Cuando una generación siente que no tiene horizonte, la cohesión social entra en zona de riesgo.
¿Qué entendemos por cohesión social?
Uno de los aportes centrales de la conferencia fue la clarificación conceptual. La cohesión social no significa lo mismo para todos.
Mora distinguió dos grandes matrices:
1. La cohesión descriptiva (durkheimiana)
Inspirada en la tradición de Émile Durkheim, entiende la cohesión como estabilidad, homogeneidad y mantenimiento del orden social. Aquí la pregunta no es si la sociedad es justa, sino si permanece unida.
Este modelo puede derivar en políticas identitarias excluyentes: “¿Eres de los nuestros?”. Bajo esta lógica, la migración o la pluralidad cultural son vistas como amenazas al equilibrio social.
El riesgo es evidente: se puede lograr cohesión sin justicia.
2. La cohesión normativa
Desarrollada en la sociología francesa de los años 70 y asumida por la Unión Europea, vincula cohesión con igualdad e inclusión. No basta con que la sociedad esté unida: debe estarlo de forma justa.
Aquí la pregunta clave es:
¿Es legítima la forma en que estamos unidos?
La experiencia histórica española ofrece un ejemplo contundente: el franquismo fue descriptivamente cohesionado, pero normativamente injusto.
Desigualdad: el gran obstáculo estructural
Uno de los puntos más contundentes de la ponencia fue la afirmación de que no puede existir cohesión social con niveles elevados de desigualdad estructural.
Los datos son elocuentes:
- El 10% más rico concentra cerca del 75% de la riqueza mundial.
- En España, la exclusión social afecta a casi una quinta parte de la población.
- Los jóvenes presentan tasas de exclusión severa muy superiores a los mayores.
La desigualdad no es mera diferencia. Es injusticia estructural. Como relató Mora a partir de su experiencia en El Salvador: “A la pobreza uno se acostumbra; lo que indigna es la desigualdad”.
Cuando el hijo de una familia no accede a educación o sanidad mientras observa el despilfarro cercano, la fractura del vínculo social es inevitable.
Polarización y resentimiento: del reconocimiento al odio
El segundo gran desafío es la polarización. No solo política, sino afectiva. Estudios recientes muestran que disminuye la adhesión a los propios partidos, pero aumenta el rechazo visceral al adversario.
La identidad política ya no se construye por afirmación, sino por oposición.
En este contexto, las tesis de Francis Fukuyama sobre el paso del reconocimiento al resentimiento cobran especial relevancia: hemos pasado de querer ser reconocidos a definirnos por aquello que odiamos.
El resultado es una democracia erosionada, en línea con las advertencias de Steven Levitsky sobre la fragilidad contemporánea de los sistemas democráticos.
Gramática de la crueldad y banalidad del mal
Quizá uno de los momentos más inquietantes de la intervención fue la denuncia de lo que Mora denominó una “gramática de la crueldad”.
La indignidad ya no escandaliza. Se legitima.
La referencia a Hannah Arendt y su concepto de banalidad del mal resulta especialmente actual: el problema no es solo la maldad activa, sino la normalización social del sufrimiento ajeno.
En palabras del Papa Francisco en Fratelli tutti, vivimos bajo la “cultura de la indiferencia”. El drama migratorio, las guerras televisadas o la exclusión estructural corren el riesgo de convertirse en paisaje habitual.
Crisis institucional y populismo
La desafección política es otro síntoma alarmante. Más del 50% de los ciudadanos considera la vida política “dura e insoportable”. El lema “solo el pueblo salva al pueblo” expresa una intuición solidaria, pero también un peligro populista si se desvincula de la arquitectura institucional.
La cohesión social requiere legitimidad institucional y resultados efectivos (policies). Sin confianza en la política —entendida como búsqueda del bien común— el vínculo colectivo se erosiona.
Soledad, fragmentación y mundo digital
La cohesión también se fractura en el plano relacional. Uno de cada cuatro jóvenes declara sentirse solo. Vivimos hiperconectados, pero desvinculados.
La fragmentación digital genera cámaras de eco, polarización emocional y pérdida de rituales compartidos, como ha señalado Byung-Chul Han. Sin ritos comunes, sin capital simbólico compartido, la sociedad pierde densidad.
Cinco claves para reconstruir la cohesión
Sebastián Mora cerró su intervención proponiendo cinco ejes estratégicos:

- Reafirmar la dignidad humana como imperativo categórico irrenunciable.
- Repensar lo humano ante los desafíos tecnológicos y biopolíticos.
- Rearmar la política institucional en clave de bien común.
- Transformar la economía, abordando la desigualdad estructural.
- Reconstruir las interdependencias, colocando los cuidados en el centro.
En coherencia con la Doctrina Social, recordó que la “caridad política” es una de las formas más altas del compromiso cristiano.
¿Es posible otro horizonte?
La pregunta final no fue ingenua:
¿Puede reconstruirse la cohesión social en tiempos de incertidumbre?
La respuesta no fue optimista ni pesimista, sino responsable. No habrá cohesión sin justicia. No habrá justicia sin política. No habrá política sin pueblo. Pero tampoco habrá pueblo sin instituciones legítimas.
En una época que enaltece lo privado y relativiza lo común, el verdadero desafío es rehabilitar lo público como espacio ético compartido.
Desde Andoain, la reflexión de Sebastián Mora dejó claro que la cohesión social no es un eslogan, sino una tarea histórica urgente.
Y, como recordó el propio ponente, nada de lo dicho es dogma. Es invitación al debate. Porque pensar juntos, quizá, sea el primer paso para volver a estar juntos.
[*] Palabra clave:
La cohesión social refiere al grado de integración de la ciudadanía a su comunidad.
Cuanto más unida, solidaria y cohesionada esté esa sociedad, la convivencia entre sus miembros será mucho más armónica y la democracia funcionará mejor.




Me ha encantado la noticia con las principales ideas que se estuvieron trabajando ese día. Una pena no haber podido asistir presencialmente.
Gracias por ayudarnos a entender algo mejor la sociedad actual.