
No vivo en Ceuta, pero después de leer los testimonios y analizar lo ocurrido, resulta difícil imaginar esos días sin preguntarse qué debió sentirse al ver cómo una crisis que parecía lejana entraba literalmente en las calles de la ciudad.
De repente, la frontera dejó de ser una línea en un mapa.
Estaba en las calles, en las playas, en las imágenes de personas empapadas y agotadas. Hombres, mujeres, jóvenes y menores que llegaban sin saber qué iba a ocurrir después.
Imagino el desconcierto de quienes vivían allí. El miedo también. Una ciudad pequeña no puede estar preparada para recibir, en cuestión de horas, a miles de personas.
Pero imagino también algo más difícil de explicar: el momento en que detrás de las cifras empiezas a reconocer personas. Alguien que busca a su familia, otra persona que pide agua, miras a otro lado y encuentras a alguien que simplemente se sienta porque ya no puede caminar.
Y también hubo solidaridad, mucha más de la que quizá se llegó a contar en las noticias: personas que, en medio del desconcierto, abrieron sus puertas, ofrecieron agua, comida o simplemente estuvieron ahí para ayudar.
Mientras desde fuera hablamos de Marruecos, España, seguridad, manipulación, mafias, fronteras o política migratoria, ellos están intentando resolver algo mucho más inmediato: qué hacer con las próximas horas de su vida.
Y quizá ahí está una de las grandes preguntas que deja esta crisis.
Quizá el verdadero riesgo no resida únicamente en el aumento puntual de llegadas a Ceuta. Reside, sobre todo, en la consolidación de un marco político que convierte la migración en un problema de seguridad antes que en un reto que exige gestión, cooperación y humanidad. Porque cuando ese cambio cognitivo termina por imponerse, ya no sólo cambian las políticas migratorias. Cambia también la forma en que las democracias europeas entienden sus fronteras, sus derechos y, en última instancia, su propia idea de seguridad.
Una frontera necesita ser gestionada, así como la ciudad necesita seguridad y los Estados necesitan políticas migratorias. Sin embargo, hay una diferencia entre gestionar una frontera y aprender a mirar al ser humano que está detrás de ella como una amenaza.
Quizá desde lejos sea fácil hablar de Ceuta como una frontera. Desde cerca, imagino que debe ser mucho más complicado. Porque al otro lado no hay solamente otro territorio. Hay personas. Y quizá esa sea la imagen que deberíamos conservar cuando las cámaras se marchen y la crisis deje de ocupar los titulares. Sin duda, no para negar la necesidad de fronteras, sino para recordar por qué las necesitamos: para proteger la vida, la convivencia y la dignidad de quienes están a ambos lados.
Puedes apoyar a las personas de Ceuta que se encuentran en un momento de extrema vulnerabilidad.




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