Ceuta: cuando dejamos de discutir quién tiene razón y empezamos a escuchar al otro

La fraternidad empieza cuando el otro deja de ser una etiqueta y vuelve a ser una persona.

por Loli Garcia Pi | Oct 14, 2026

centro san antonio ceuta

En Ceuta, la migración no es una cifra ni un debate que se pueda cerrar desde la distancia. Es una realidad cotidiana que interpela a quienes acompañan, acogen y conviven con personas que buscan una vida mejor. También nos interpela a quienes, desde otros lugares, construimos nuestra opinión a partir de titulares, imágenes y discursos que no siempre cuentan toda la historia.

Antes del 30 de julio, el Centro San Antonio acompañaba a siete jóvenes, en su mayoría de 18 y 19 años. El trabajo se centraba en la introducción sociolaboral, las clases de español y el aprendizaje de herramientas para buscar empleo.

Después, la realidad cambió radicalmente. El centro pasó a atender a 48 personas con perfiles y necesidades muy diferentes: familias, mujeres embarazadas, menores, bebés y personas con discapacidad o problemas de salud que requieren atención especializada.

Ya no se trataba solamente de facilitar la integración laboral de jóvenes. Había que responder a situaciones de mayor vulnerabilidad, necesidades sanitarias específicas y circunstancias personales que exigían una atención más cuidadosa.

Detrás de cada caso hay una historia distinta. Algunas personas necesitan protección; otras, acceso a tratamientos médicos, acompañamiento o condiciones básicas para reconstruir su vida. Algunas, además, necesitan que su identidad permanezca protegida frente a posibles amenazas.

Esta diversidad nos recuerda que hablar de migración como si todas las personas compartieran las mismas motivaciones, experiencias y necesidades impide comprender la complejidad de la realidad.

No hay una sola historia de migración. Hay personas, circunstancias y derechos que merecen ser reconocidos.

Cuando se le pregunta qué significan hoy palabras como dignidad, respeto, solidaridad y acogida, Wendell insiste en algo esencial: las personas que llegan son seres humanos iguales en dignidad y derechos.

Parece una afirmación evidente. Sin embargo, en una conversación pública marcada tantas veces por la confrontación, conviene preguntarnos qué sucede cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver únicamente categorías: migrantes, extranjeros, menores, solicitantes de protección.

Las palabras que utilizamos no son inocentes. Pueden ayudarnos a comprender o pueden levantar barreras. Pueden abrir una conversación o cerrar la posibilidad de escuchar.

Reconocer la dignidad de alguien no significa ignorar los problemas, las dificultades de convivencia ni los desafíos que plantea la gestión de la migración. Significa que ninguna de esas cuestiones debería hacernos olvidar que estamos hablando de personas con derechos, miedos, capacidades, vínculos y proyectos de vida.

La fraternidad no exige que pensemos todos igual. Nos exige algo más difícil: que seamos capaces de reconocer la humanidad del otro incluso cuando no compartimos su visión del mundo.

Wendell invita a quienes viven lejos de Ceuta a acercarse, escuchar y conocer de primera mano la realidad del centro. Su preocupación es que una parte de la sociedad juzgue a las personas sin conocer sus historias y confunda las imágenes que recibe con la totalidad de lo que sucede.

Hay un ejercicio que propone y que podría transformar muchas conversaciones: ponerse en el lugar del otro e intentar comprender sus circunstancias antes de emitir un juicio.

No se trata de idealizar la migración ni de suponer que todas las experiencias son iguales. Se trata de admitir que nuestra mirada siempre es parcial y que necesitamos escuchar otras voces para comprender mejor.

¿Qué sabemos realmente de quien emprende un viaje en condiciones difíciles? ¿Qué circunstancias le han llevado hasta aquí? ¿Qué oportunidades busca? ¿Qué miedos le acompañan? ¿Qué haríamos nosotros si nos encontráramos en una situación semejante?

Estas preguntas no eliminan las diferencias ni resuelven por sí solas los problemas estructurales. Pero pueden cambiar el punto desde el que los abordamos.

Porque una sociedad que solo escucha a quienes piensan como ella termina encerrada en sus propias certezas.

Entre las experiencias que Wendell comparte, hay una que resume de forma sencilla la fuerza del encuentro.

Una pareja de unos 45 años visita el centro dos o tres veces por semana para llevar algunas cosas a un joven de 19 años al que ayudaron a llegar hasta allí. No hablan árabe y el joven tampoco habla español. Sin embargo, han construido entre ellos una relación de afecto que el coordinador describe como familiar.

No comparten el idioma, pero han encontrado una manera de acercarse. No necesitan conocer todos los detalles de la vida del otro para mostrar interés, mantener el vínculo y hacerse presentes.

Su relación no resuelve por sí sola las dificultades que afronta el joven ni sustituye las respuestas institucionales necesarias. Pero demuestra algo importante: la solidaridad puede comenzar con un gesto concreto y convertirse, con el tiempo, en una relación que transforma a ambas partes.

Frente a los grandes debates, esta historia nos devuelve a una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando dejamos de tratar al otro como alguien lejano y empezamos a construir un vínculo con él?

La fraternidad no es una idea abstracta ni un sentimiento reservado para los momentos extraordinarios. Se construye en la continuidad de los encuentros, en el tiempo que dedicamos, en la confianza que hacemos posible y en la disposición a acompañar sin exigir que el otro sea igual a nosotros.

La entrevista también pone sobre la mesa situaciones que requieren respuestas concretas. Wendell habla de personas con necesidades sanitarias complejas, de un joven que necesita un tratamiento disponible lejos de Ceuta y al que las barreras legales dificultan el acceso, y de personas del colectivo LGTBI que necesitan proteger su identidad ante posibles represalias familiares.

Son situaciones que muestran los límites de una respuesta basada únicamente en la buena voluntad. La solidaridad ciudadana es imprescindible, pero no puede sustituir el acceso efectivo a los derechos, la atención especializada ni la responsabilidad de las instituciones.

La fraternidad también consiste en reconocer esos límites y trabajar para superarlos. Implica coordinar esfuerzos, proteger a quienes se encuentran en mayor riesgo y reclamar respuestas adecuadas cuando las necesidades superan los recursos disponibles.

En el Centro San Antonio, el trabajo se sostiene con un equipo reducido de personas contratadas, voluntariado y la colaboración de quienes se acercan para ofrecer ayuda. Wendell reconoce que no cuentan con todos los recursos ni con todas las personas que necesitarían, pero siguen adelante con persistencia, coordinación y planificación.

No es una solución completa a los desafíos de la migración. Es una experiencia concreta que nos invita a pensar cómo podemos contribuir, desde nuestras posibilidades, a una sociedad más humana.

Hay una pregunta especialmente importante en el testimonio de Wendell: si pudiera sentar en una misma mesa a una persona migrante, un vecino de Ceuta, un profesional del centro y alguien que vive lejos de la ciudad, ¿qué necesitaría escuchar cada uno para comprender mejor la situación?

Su respuesta no es una fórmula mágica. Dependería de las experiencias, la personalidad y la disposición de cada participante. Pero señala una dificultad que reconocemos en muchos otros ámbitos: no siempre estamos dispuestos a escuchar una perspectiva que contradice la nuestra.

Cuando cada parte se aferra a su posición como si fuera la única posible, el diálogo se convierte en una competición. Ya no buscamos comprender; buscamos demostrar que tenemos razón.

La propuesta de Wendell es más sencilla y, a la vez, más exigente: empatía, escucha y capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Esto no significa renunciar a las propias convicciones ni evitar las conversaciones difíciles. Significa aceptar que la realidad puede ser más compleja que nuestra interpretación de ella y que nadie puede comprenderla por completo desde una sola perspectiva.

La convivencia necesita espacios donde las diferencias puedan expresarse sin que la dignidad de las personas quede en entredicho. Necesita ciudadanos dispuestos a escuchar, instituciones capaces de cooperar y comunidades que no confundan el desacuerdo con la imposibilidad de encontrarse.

Quizá la pregunta no sea quién tiene razón, sino qué necesitamos cambiar para poder convivir mejor.

Desde la Fundación Igino Giordani creemos que la fraternidad no puede quedarse en una declaración de principios. Tiene que traducirse en relaciones, decisiones y acciones que reconozcan la dignidad de cada persona y contribuyan al bien común.

La experiencia del Centro San Antonio nos recuerda que esa construcción no depende únicamente de grandes proyectos. También comienza cuando nos acercamos a una realidad que desconocemos, cuando escuchamos una historia sin darla por supuesta o cuando decidimos dedicar tiempo a alguien con quien, aparentemente, no tenemos nada en común.

Pero los gestos personales necesitan acompañarse de respuestas colectivas. La fraternidad requiere compromiso ciudadano, cooperación entre entidades, recursos suficientes y políticas que permitan proteger los derechos y atender las necesidades reales de las personas.

No tenemos todas las respuestas ante una realidad tan compleja como la migración. Sí podemos elegir desde dónde queremos afrontarla: desde el miedo y los prejuicios o desde el reconocimiento de la humanidad que compartimos.

Wendell termina hablando de persistencia, coordinación y planificación. Su objetivo es contribuir, poco a poco, a un mundo con más paz, comprensión, respeto y fraternidad.

Tal vez ese sea el comienzo: dejar de mirar a Ceuta como un lugar lejano donde otros se enfrentan a un problema y empezar a preguntarnos qué responsabilidad tenemos nosotros en la sociedad que queremos construir.

La fraternidad empieza cuando el otro deja de ser una etiqueta y vuelve a ser una persona. Y se hace realidad cuando ese reconocimiento cambia nuestra manera de actuar.

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